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La táctica del antijefe

La coalición peronista se marca sola: es la principal usina de ruido. El Presidente aplica mano blanda y lidera hacia afuera, enfocado en las urgencias. La fábula del paseador de perros.

Entre la pandemia y la deuda, la gran familia del Frente de Todos es una cantera inagotable de proyectos, declaraciones y debates que no van siempre en el mismo sentido. Alberto Fernández sobrevuela las contradicciones y sólo interviene en algunos casos para dejar en claro la orientación general del Gobierno. Esa ambigüedad que elige el Presidente para surfear las contradicciones puede ser leída como un signo de vitalidad de una alianza en ebullición o como uno de debilidad de Fernández en medio de la confusión general.

Si el coro desafinado de voces que opinan sobre la pandemia en la provincia de Buenos Aires tensó la relación con Horacio Rodríguez Larreta, el proyecto de Fernanda Vallejos para que el Estado tome acciones de las empresas privadas a las que subsidia con el pago de salarios encendió las alarmas del establishment. El Círculo Rojo suele estar desorientado ante las mil caras de la alianza panperonista, pero siempre -y primero que nada- es refractario a todo lo que oscile en torno a Cristina Fernández. La sola mención de un proyecto de una diputada desató la indignación generalizada, pero más lo hizo que el ministro de Trabajo, Claudio Moroni, considerara que se trataba de una iniciativa interesante.

Comparado con la jefatura de Néstor Kirchner que Fernández gusta evocar e incluso con la etapa solitaria de CFK, no existe una conducción férrea que ordene a la tropa sino varias tribus en tensa armonía hasta nuevo aviso, con la vice como particular respaldo del Presidente. Lo contó Letra P: las segundas líneas están en un estado deliberativo sorprendente en relación al nivel de disciplina que exhibía el viejo kirchnerismo. ¿Prima la discusión de fondo o la disputa por lugares?

Entre los peronistas más experimentados, los mismos que elogian a Fernández por su rol al frente de la doble emergencia de la peste y la deuda, lo ven con una dificultad llamativa para lograr que el Gobierno se transforme en el lugar superior de la alianza panperonista y se pare por encima de las partes. Traducido: el cristinismo, La Cámpora y Axel Kicillof parecen más importantes que el Gobierno y Fernández queda reducido al rol de administrador transitorio.

EL NO ALBERTISMO. Fernández repite que no quiere armar el albertismo y desalienta mal a los intendentes y funcionarios que le insisten en alimentar algo parecido a una estructura propia. Pero tampoco cuenta con un gabinete de envergadura para fortalecer su liderazgo desde el Estado. De acuerdo a quien se consulte en la alianza peronista, aparecen ejemplos de la falta de eficacia de los fusibles en la gestión de crisis. El Presidente armó su elenco de colaboradores con amigos y delegados de las distintas facciones del FdT, tal vez subestimando la pesada herencia de Macri y sobrecargándose de responsabilidades. Pensó, tal vez, en un primer gabinete de transición, pero seguro no imaginó que a la deuda se le sumaría el cataclismo que provoca el COVID-19. Para definir esa atrofia que es materia de crítica al interior del oficialismo, circulan historias de segundas líneas que aguardan definiciones que no llegan por parte de ministros que se excusan en una misma frase: “Alberto todavía no me contestó”.

Fernández repite que no quiere armar el albertismo y desalienta mal a los intendentes y funcionarios que le insisten en alimentar algo parecido a una estructura propia. Pero tampoco cuenta con un gabinete de envergadura para fortalecer su liderazgo desde el Estado.

En medio de la carencia, con la deuda camino a su resolución y con el Estado tratando de apagar incendios, pierde fuerza la ilusión de que el Presidente consolide su relación con el peronismo no kirchnerista que expresan los gobernadores, el sindicalismo de los Daer y la cáscara vacía del PJ de la calle Matheu. Esos sectores, que llenaron el álbum de campaña en 2019, hoy aparecen muy disminuidos en la discusión pública, sin ideas ni protagonismo. Los mandatarios provinciales, que habían sido una presencia recurrente en las primeras semanas de la pandemia, se recluyeron cuando los contagios se concentraron en el AMBA. Con la visita a Gerardo Zamora en Santiago y Juan Manzur en Tucumán, se intenta reanimarlos. Más presencia tienen los movimientos sociales en la tarea de contener la demanda alimentaria y la penetración del virus.

Si el gabinete o la relación con esa dirigencia postergada serán en el futuro parte de un empoderamiento mayor del profesor de Derecho Penal, todavía está por verse. Guste o no, las relaciones más fuertes que edificó Fernández por fuera de la lógica kirchnerista son las que selló con Horacio Rodríguez Larreta y los intendentes de la provincia de Buenos Aires, incluidos los del PRO. Su estrategia principal hacia adentro parece ser contener toda la diversidad como si fuera más importante tener ordenado el frente interno que aparecer como líder hacia afuera. Mantiene firme la alianza con Sergio Massa y gusta identificarse con lo que denomina el “kirchnerismo inteligente”. La pregunta es para qué quiere Fernández fortalecer a esa facción y qué modelo alternativo le ofrecen, más allá del clamor por mantener el centro sin confrontar demasiado.

LA DIVISIÓN AJENA. Fernández no se deja llevar por los que insisten en que es Cristina la que le marca la cancha: al contrario, asienta su poder en la sociedad con su gran electora. Sabe mejor que nadie que del lado del pancristinismo no existe un bloque unificado y eso es parte de su fortaleza no dicha. Máximo Kirchner y La Cámpora cuestionan a Santiago Cafiero de manera recurrente, pero tampoco está claro que éste sea el momento para que el camporismo asuma más funciones en lo alto de la administración nacional ni que le sobren cuadros para ocupar más cargos en la primera línea.

“Alberto es como un paseador de perros que los lleva a todos para el mismo lado mientras se van comiendo a tarascones entre ellos”, bromea un funcionario que sólo cada tanto asoma la cabeza por Olivos.

Algunos se sorprenden porque el jefe de La Cámpora tenga más reservas con el jefe de Gabinete que con el presidente de la Cámara de Diputados, un todoterreno con poder, relaciones de peso y ambiciones propias. La designación de Andrés Larroque como ministro en la provincia de Buenos Aires no quiere decir que el hijo de la vicepresidenta tenga saldadas las diferencias -ni de criterio sobre la coyuntura ni de perspectiva hacia adelante- con el gobernador Kicillof.

El Instituto Patria, refugio de la Cristina acorralada de los inicios del macrismo, hoy ya no tiene la centralidad de ayer: dicen los que que lo frecuentan que hace tiempo empezó a juntar telarañas y los que nunca lo pisaron, que tiene bandera de remate. El cristinismo tironea dentro de la alianza, pero no siempre en el mismo sentido. Por eso, si algo parece unir a sus distintas corrientes es que todos necesitan que a Fernández le vaya bien en la gestión de la crisis, punto de partida de una transición que no tiene fecha cierta de finalización: recién en 2023 se sabrá cuánto dura.

DOS TIEMPOS. Más que el cúmulo de declaraciones y proyectos que circulan, interesan los movimientos concretos de la vicepresidenta. En materia de Justicia, el acuerdo para salvar a Rodolfo Canicoba Corral en el Consejo de la Magistratura puede ser más que un lindo epílogo para el libro del lawfare. Ahi Fernández aparece en una frecuencia muy distinta a la de CFK. Mientras el profesor de Derecho Penal plantea una reforma judicial para dar vuelta la podredumbre de Comodoro Py, la expresidenta apura con menos horas de cátedra y más capacidad resolutiva. De ahí que las almas experimentadas que fatigan hace tiempo los tribunales vean a Alberto, en este terreno, como un purista del menottismo y a Cristina, como una bilardista con fundamentos.

Señalado como un líder demasiado débil hacia el interior del Frente de Todos, Fernández tiene la capacidad, al menos, de unificarlos a todos, lo que provoca que en el oficialismo circulen algunos chistes. “Alberto es como un paseador de perros que los lleva a todos para el mismo lado mientras se van comiendo a tarascones entre ellos”, bromea un funcionario que sólo cada tanto asoma la cabeza por Olivos.

Por ahora, el Presidente gobierna la emergencia múltiple y sale más que airoso en comparación con otros líderes de la región y del mundo. Pero no afianza su liderazgo como le demandan los propios. Si es parte de una estrategia que puede cambiar más adelante o resignación ante los límites de la realidad, es materia de interpretación. Lo mismo que algo tal vez más importante: cuál es el modelo de acumulación para sacar a la Argentina de la recesión más honda y qué sectores van a aportar lo que hasta ahora no aportaron.

Por Diego Genoud – Letra P