Acá Bolsonaro se dice Bullrich

En febrero Patricia Bullrich será elegida presidenta del PRO. Reforzará la imagen dura de un partido que ya no tendrá que administrar la economía. El modelo del uruguayo Manini Ríos.

Macri escogió como escudo identitario una figura que cuadra perfectamente con el tablero sudamericano.

“Tenemos a la clase media apretada y a los movimientos sociales con toda la plata”, dijo en campaña.

Patricia Bullrich es el nombre de una herencia y el nombre de un proyecto. La herencia, a su vez, también tiene nombres que la simbolizan: Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. El proyecto a futuro es la colaboración con Mauricio Macri en la búsqueda del liderazgo como principal oposición de Alberto Fernández. Bullrich ya fue nominada por Macri como la mejor postulante presidenta del PRO para febrero próximo.

Maldonado murió en 2017 en medio de un operativo ilegal de la Gendarmería. Un pelotón de la Prefectura baleó ese mismo año a Nahuel por la espalda. Los dos casos representan el modelo de fuerzas de seguridad relevadas, por decisión política, del respeto a las garantías individuales. Según la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, Correpi, en 2018 una persona fue muerta por el Estado cada 21 horas. Es el fenómeno que quedó estampado como Doctrina Chocobar, o sea la licencia para el asesinato. Ismael Jalil, uno de los abogados de la Correpi, dijo después de la masacre de los cuatro chicos muertos por la policía en Monte que la ministra de Seguridad “no está loca ni borracha sino que está haciendo lo que vino a hacer”. Y la definió como “la Bolsonaro argentina”.

Macri podría haber elegido para la nueva etapa del PRO a Luis Caputo. Sintetizaría al PRO como el partido de la fuga de capitales. O al último responsable de energía, Gustavo Lopetegui. El partido de las eléctricas. O a Juan José Aranguren. El partido de las transnacionales petroleras. O a Javier Iguacel y Guillermo Dietrich. El partido de los peajes.

Sin embargo, hacia el futuro, Macri escogió como escudo identitario una figura que sintonizó sin ruido alguno con la política financiera y energética y al mismo tiempo cuadra perfectamente con el tablero sudamericano:

*Ante millones de personas que no ceden la calle desde hace más de un mes en su pelea contra la mercantilización de la vida, Sebastián Piñera apuesta a los Carabineros de Chile, la policía ultramilitarizada que fue el cuarto brazo armado del golpe en 1973. Los pacos, como los llaman en Chile, llegaron al record internacional de 300 lesiones oculares en manifestantes. Dispara a la cabeza y sus balas son de goma solo en un 20 por ciento. El resto es plomo y silicio.

*El golpe en Bolivia comenzó con el amotinamiento de la policía, que por otra parte era una de las asignaturas pendientes de Evo Morales. Se acuarteló sin orden del presidente constitucional y precipitó el fin del monopolio de la fuerza por parte del Estado que terminaría perfeccionando el lock out de las Fuerzas Armadas.

*En Brasil la fuerza de Jair Bolsonaro no descansa solo sobre las Fuerzas Armadas, que por el momento siguen aliadas al establishment tradicional. También es fuerte en las PM, las policías militares que son allí las policías provinciales argentinas. Y articula su poder con las milicias, fuerzas de choque formadas por policías en actividad y en retiro que surgieron como una mafia para el control territorial de Río de Janeiro y se expandieron hacia las áreas rurales. Según las investigaciones de la Red Globo, insospechable de populismo, las milicias fueron contratadas en zonas del Amazonas como Acre y Labrea para concretar desalojos forzosos, quemar bosques y ocupar terrenos. En 2008 el entonces legislador Bolsonaro dijo que las milicias “brindan seguridad y, por lo tanto, mantienen el orden y la disciplina en las comunidades”. Agregó: “Ya que el gobierno no puede luchar contra los narcotraficantes, debería apoyarlas. Y tal vez en el futuro deba legalizarlas”. Como Luis “El Macho” Camacho intentará demostrar en Bolivia en las próximas elecciones, Bolsonaro ya evidenció en las elecciones de 2018 que la extrema derecha desinhibida y exhibicionista puede tener votos. Y ganar.

*En Uruguay formarán parte de la coalición de gobierno del presidente blanco Luis Lacalle Pou no solo el Partido Colorado sino también Cabildo Abierto, la agrupación liderada por el ex jefe del Ejército (2015-2019) Guido Manini Ríos, que ya fue electo senador. En 2018 Manini Ríos se había insubordinado pero Tabaré Vázquez solo le impuso 30 días de arresto. Recién fue pasado a retiro un año después. Su prédica militarista, que incluye la violación del Estado de Derecho para mejorar, supuestamente, los índices de seguridad ciudadana, recibió el 11 por ciento de los votos en la primera vuelta del 27 de octubre. En el gobierno de Lacalle Cabildo Abierto, formado este mismo año, tendrá ministerios para desplegar el discurso hacia el área social y gastar parte del presupuesto en la ampliación de la nueva fuerza.

Con la opción por Patricia Bullrich como jefa del PRO, un cargo que será más importante desde el 10 de diciembre porque el partido pasará a la oposición, Macri parece haber privilegiado el discurso exhibicionista y combativo que en otros temas y en otros países ya les dio resultados a Bolsonaro, Manini Ríos y Camacho. Y no eligió para sintetizar la nueva identidad a un cruzado como Juan José Gómez Centurión, el candidato que fracasó peleando contra el aborto libre y seguro. En este punto Patricia Bullrich, incluso, integró la franja verde de Cambiemos. En 2018 afirmó que estaba a favor de la legalización del aborto. ¿Esa postura fue clave para la selección de Macri? Es probable que no. Sencillamente el Presidente no eligió esa cuestión como central en la planificación futura, aunque pueda volver a usarla. Ya lo hizo al final de la campaña, cuando reivindicó los pañuelos celestes para aglutinar votantes en un mensaje nítido que no podía tener otras fuentes de alimentación: no son presentables una inflación del 56 por ciento, una economía en recesión, una pobreza que terminará este año en el 40 por ciento y la existencia de cinco millones de hambrientos.

La cuarta línea del libro “Patricia. De la lucha armada a la Seguridad”, un gran trabajo del periodista Ricardo Ragendorfer, contiene esta frase de Bullrich: “Ningún problema; ya mismo me ocupo”. Es la misma frase que en el gobierno de la Alianza sedujo a Fernando de la Rúa y a su grupo íntimo, encabezado por su hijo Antonio. Pronunciada el 13 de diciembre de 2015, tres días después de la asunción de Macri, la respuesta a un pedido del gobernador jujeño Gerardo Morales se traduciría en el envío de un contingente de gendarmes para sofocar un acampe pacífico de la Tupac Amaru, la organización de Milagro Sala. Uno de los micros se desbarrancó y 42 gendarmes murieron. Milagro Sala terminaría presa. Así empezó la gestión de Macri, que según pudo saber Página/12 había firmado un pacto de sangre con Morales para la prisión de Sala.

En los últimos cuatro años Bullrich Patricia le ganó con el mismo apellido la trascendencia histórica a Bullrich Esteban, primero ministro de Educación y luego senador por Buenos Aires.

A Bullrich Patricia quedará asociada la intención de establecer un protocolo antipiquetes de febrero de 2016. Como en otras situaciones, no hubo norma escrita pero el mensaje de zona liberada (liberada respecto de las leyes vigentes) llegó a las fuerzas de seguridad. El 27 de septiembre último Bullrich Patricia se enorgulleció de la iniciativa y subió la apuesta. Ante militantes de Cambiemos reunidos en el Club Armenio dejó una definición que debería ser tenida en cuenta para evaluar qué se propone políticamente el macrismo desde la oposición: “Tenemos a la clase media apretada y a los movimientos sociales con toda la plata. Yo desde el primer día dije que había que hacer un protocolo contra esta gente porque no nos podían seguir manejando todo el país. Y sin embargo, lamentablemente, para ser un poquito políticamente correctos, les dejamos demasiado poder”.

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