El porno en la pareja: ¿facilita el encuentro o nos distancia?

Puede ser un recurso estimulante que despierte el deseo y la creatividad, pero como adicción puede generar distanciamiento y “mala educación” sexual.

¿Tu pareja mira mucho porno? ¿Mirás vos? ¿Miran juntos? ¿Qué se construye en torno a la deseada pantalla, ese reflejo narcisista de lo que queremos ser, de lo que ocultamos, de lo que nos invade como sombra, pesadilla o anhelo? Suena sintomático que, en medio del estrés cotidiano, la expresión salvaje y genital, domesticada a través del vidrio, objetual y desatada en el estudio de grabación, ocupe un lugar tan importante. Porque la pantalla caliente ha ganado un lugar, lo confirman los números (y los sexólogos).

Para comprender cómo nos vinculamos con la pornografía tanto hombres como mujeres, es interesante acceder a una investigación realizada por el Observatorio de Internet en la Argentina. Este estudio se realizó en 2016 con 1.534 casos que fueron obtenidos a través de Facebook. Arrojó datos muy interesantes para tener en cuenta. Por ejemplo, que el 93% de los hombres y el 72% de mujeres con acceso a Internet mira pornografía y que la búsqueda de estos contenidos está entre los más solicitados en los motores de búsqueda.

Otros datos interesantes de esta investigación son que: el 72% de los consumidores lo hace en soledad, el 25% a veces accede a estos contenidos en compañía, y solo el 3% lo hace siempre en compañía. El 69% no siente culpa ni remordimiento, el 15% mira porno diariamente, el 21%, semanalmente y el 46% restante lo hace de manera esporádica. El rango de edad de los consumidores está entre los 25 y los 40 años (91%), y es menor a medida que avanza la edad.

El cine tiene sus apuestas en el mismo sentido, tratando de ir en una búsqueda estética más afortunada. Porno para principiantes, que estrenará en salas de Argentinas en tan solo unos días, cuenta una historia ambientada en los años 80: dos novatos aficionados a las películas deberán dirigir una versión porno de La novia de Frankenstein. El año pasado, la directora argentina Albertina Carri estrenó en el BAFICI Las hijas del fuego, una apuesta erótica lesbo feminista, una búsqueda de un porno sin leyes patriarcales de ningún tipo y a puro orgasmo clitoriano. Erika Lust, directora sueca y la reina del género alternativo, visitó el año pasado nuestro país, para dejar su huella y seguir barriendo con todas las fijas del cine porno tradicional: descontracturando la raza, orientación sexual, etnia, gordura, edades, preferencias en la cama. Pero, volvamos.

“Las hijas del fuego” (2018), de Albertina.

El porno y el (bien)malestar en la pareja

“La pornografía en sí no es mala, como pueden hacernos creer algunos -aborda el licenciado Mauricio Strugo, sexólogo clínico y especialista en parejas y familias-, al contrario, puede ser un recurso si se utiliza como modalidad de encuentro con uno mismo en una justa medida. Puede convertirse en una herramienta para fines exploratorios y de autosatisfacción. También puede aumentar el placer en la pareja, pero siempre y cuando este recurso sea consensuado por ambos, como algo estimulante. El problema surge cuando el material porno que existe está diseñado para hombres y no resulta atractivo para mujeres; una explicación de ello es que el hombre es más visual y las mujeres son más táctiles a la hora de relacionarse con la sexualidad, y otra es que los contenidos finalmente son diseñados apuntando al placer masculino (gay o hétero), porque son los que más consumen este material.”

Los peligros de que la pornografía genere un malestar (y no un encuentro) dentro de la pareja pueden resumirse en los siguientes puntos:

– Que genere expectativas poco realistas, en relación a los cuerpos (erectos, perfectos, gozosos, que responden a estereotipos de raza y clase), y al desempeño sexual (multiorgasmos, penes gigantes, relaciones sin dolor).

– Un consumo desmedido que esté más basado en una pulsión ansiosa instantánea que en un encuentro erótico verdadero y creativo. Los adictos al porno terminan experimentando una pérdida de interés o de deseo sexual hacia la pareja.

– La reproducción de conductas machistas, como prácticas no consensuadas, narcisismo en la cama, falta de diálogo y conexión.

“El alto consumo de pornografía puede alterar la estructura y funcionamiento de nuestro cerebro, que tanto en las relaciones sexuales como al mirar porno, libera una sustancia llamada dopamina (neurotransmisor relacionado con las funciones motrices, las emociones y los sentimientos de placer), también llamada hormona de la felicidad, pero que, en el caso de la pornografía, produce una ‘inundación’ de dopamina de manera muy rápida en instantánea (a un clic), lo cual puede generar cierta adicción y desórdenes orgánicos”, agrega Strugo.

Para seguir creciendo como sociedad de una manera más saludable con nuestra sexualidad debemos seguir trabajando sobre la educación sexual, incluso produciendo más contenidos eróticos para que puedan ser disfrutados tanto por hombres como por mujeres y también por nuestros jóvenes, para que cuenten con materiales menos grotescos y más realistas y, por lo tanto, más saludables, ofrecer encuentros donde se vean a ambas personas disfrutando de la sexualidad como un encuentro y no como un trabajo planteado desde la exigencia de “cumplir”.

La (mala) educación sexual del porno

A pesar de que la Ley de Educación Sexual Integral (ESI) se sancionó como ley en 2006, todavía existe bastante resistencia a que se termine de instalar totalmente en las escuelas. A esto le sumamos que los adultos siguen teniendo dificultades para conversar con sus hijos sobre sexo, por ¿sus propios tabúes?

Las consecuencias de esto son “que tienen que rendir cual actores de esas escenas en la vida real, frustrándose en el encuentro, o directamente negándose a los vínculos (por miedo a no estar a la altura de las expectativas). Toman como manuales estos videos preparados y filmados en varias escenas, con pausas y con personas que son cuerpos-objetos, que lo que menos hacen es disfrutar de la sexualidad”, comenta Strugo.

Según la sexóloga y directora de Clínica de Parejas Mariana Kerz, “muchos hombres en su paso por la adolescencia se masturbaron rápido, probablemente viendo pornografía y generando un adiestramiento, un hábito en la eyaculación muy rápida, obteniendo placer inmediato sin disfrutar de la experiencia de autoestimulación. Luego, al intentar tener relaciones no pueden controlar el momento de la eyaculación”.

Francesca Gnecchi, directora de Erotique Pink, coincide en este punto: “Una problemática común en la generación de 30 y 40 (más que nada en hombres) es que, ante la falta de educación sexual, su manual fue el porno, y si lo observamos con una mirada crítica y sabiendo que estamos viendo una ficción, en el porno tradicional la mayor parte de las cosas que pasan no deberían pasar en una relación consentida en la que las partes disfrutan por igual, estamos en un grave problema. Muchos hombres, más que nada hombres heterosexuales, se ‘educaron con el porno’ y tienen que reaprender a cómo relacionarse con otro.”

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