La bomba de la crisis está sin el seguro Por Jorge Altamira

El cuadro explosivo la crisis financiera es fácil de resumir. Por un lado, el costo del seguro contra un impago de la deuda, por parte de Argentina, se fue al límite más alto: hay que poner más de u$s300 mil para cubrir un default eventual de un millón de dólares. Este dato es más significativo que otro que también se ha ido por las las nubes, el famoso ‘riesgo país’, que se fue a 2.000 puntos, veinte veces más caro que el rendimiento del bono a dos o diez años del Tesoro de Estados Unidos. El ‘riesgo-país’ mide la tasa de interés que habría que pagar para contraer un préstamo internacional. Los seguros para default son comprados también por quienes ni siquiera tienen deuda de Argentina en su poder – sólo apuestan a cobrarlos. La apuesta a un default incentiva la especulación para provocarlo; los bancos que los venden se cubren para el caso de que el default ocurra. El costo que ha alcanzado ese seguro implica que las probabilidades de una cesación de pagos es del 75/80 por ciento. Otro dato por demás ilustrativo es que el precio del también famoso bono a cien años ha caído un 25%, como si alguien pudiera saber la cotización que tendrá ese bono en 2117.
Por otro lado, la remuneración de los depósitos en dólares en la banca local fue elevada del 1 al 6% anual, lo que revela una fuerte tendencia a sacarlos de los bancos, a pesar de que no correrían riesgo de devaluación, pero sí que temen una quiebra bancaria. Se trata de unos u$s32 mil millones. Los depósitos en pesos ya han iniciado la retirada. En estas condiciones, cuando Alberto Fernández, primero, y Sebastián Lacunza, el sustituto de Dujovne, después, dicen que a $60 el tipo de cambio alcanzó el “equilibrio”, están metiéndole el perro a la ciudadanía, pero de ningún modo engañando a los capitalistas.
Finalmente, se ha quebrado posibilidad de que el gobierno pueda cumplir con la deuda externa que vence antes de las elecciones. “En el corto plazo”, informa La Nación (20.8), “el Gobierno tiene vencimientos en manos privadas, por u$s19.300 millones, de los cuales tiene que refinanciar u$s 7.800 millones…”, pero “tiene restricción del crédito y hay que ver cómo puede conseguir tasas para hacerlo”. La inflación se encuentra con pronósticos reservados.
Default 
Las declaraciones de Alberto Fernández, el fin de semana largo, acerca de la necesidad de “reestructurar” la deuda con capitales privados han desatado un nuevo desplome de las acciones y los títulos públicos. Es que ‘reestructurar’ puede ser considerado un evento de default, que ahora es anunciado por quien había descartado cualquier default. Alberto intenta extorsionar al FMI para que se avenga a renegociar sus préstamos a los mayores plazos posibles y a apoyar al nuevo gobierno. El Fondo ya ha dicho, sin embargo, que la deuda con capitales privados debe ir pareja a la refinanciación de la contraída con el FMI. El FMI no quiere quedar como el garante sin límites de todas las deudas públicas internacionales. El FMI mismo es entonces partidario de una ‘reestructuración’. Una reestructuración supone una quita sobre el valor nominal de la deuda, lo que explica el hundimiento de la cotización de la deuda pública de Argentina.
Este contexto de default se acentúa cuando se toma en cuenta la bancarrota del Banco Central, que debe, en pesos ,el equivalente a u$s 25 mil millones en Leliq. La devaluación del peso pos Paso licuó el valor de las Leliq en u$s5 mil millones – por lo tanto el valor de los depósitos con que los bancos financian la compra de esas Leliq. Una fuga de estos depósitos al dólar, dolarizaría la economía toda, sin contar con el respaldo de un Banco Central, que ni emite dólares, ni los tiene. La precariedad del Banco Central ha quedado de manifiesto en la caída de la cotización de los títulos que entregó a los bancos como garantía de un préstamo (‘repo’), y que debería cubrir pagando la diferencia.
Es claro que el gobierno no tiene las condiciones ni el tiempo de recomponer este desequilibrio enorme – sí de hacerlo aún mayor. La crisis financiera, asentada en un derrumbe industrial fabuloso, hará polvo el slogan de que Macri “termine su mandato’. De ahí la posibilidad de que se convoque a una Asamblea Legislativa para designar un gobierno interino y adelantar las elecciones.
Adónde va el Frente de Todos
El programa del Frente de Todos, que traslucen las entrelíneas de los diarios, es una receta que hará más violenta aún la crisis política. Por un lado, el planteo de reestructuración de la deuda externa desembocaría en un default – y antes que eso en una capitulación ante el FMI. Lo mismo vale para una mayor devaluación del peso, con el propósito de aplicar retenciones a las exportaciones y pesificar la economía. La ‘desdolarización’ de tarifas y precios obligaría volver a los subsidios, que las patronales volverían a derrochar. El plan incluye un control de cambios atenuado, o sea estéril. El paquete quedaría atado por un ‘pacto social’, que suspendería las paritarias, y habilitaría convenios sobre reforma laboral. Esta versión número tres del plan Gelbard de 1973 y del plan K 2004/8, sería inaugurado en condiciones bastante peores a las anteriores, que de todos modos fracasaron por completo.
Las expectativas de algunos economistas en un escenario internacional que podría favorecer una transición menos convulsiva son infundadas. El nivel de default de Argentina inhibe la posibilidad de financiamiento exterior, incluso con una tendencia a la baja de las tasas de interés internacionales. Esa caída, por otra parte, obedece a una fuga de capitales de las Bolsas y del mercado de capitales hacia la deuda pública, como consecuencia del temor que provocan las posibilidades de default de las compañías capitalistas que han estado operando por medio de un fuerte endeudamiento. Lo mismo ha ocurrido en los mercados hipotecarios. Hay una tendencia al default a nivel internacional y, de un modo especial, en China. Antes que beneficiarse del ingreso de capitales, las economías periféricas se encuentran amenazados por un estallido financiero internacional.
La izquierda
La responsabilidad de los partidos revolucionarios de la izquierda se acrecienta, de ningún modo se reduce, ante esta tendencia de crisis creciente. Es inevitable que las catástrofes económicas y políticas sacudan a las masas, pero que también las confunda, en especial cuando no tienen como punto de partida partidos revolucionarios de masas o que se hayan ganado la confianza de los trabajadores. Desentrañar el carácter de una situación histórica excepcional no es sencillo para las grandes masas; sería imperdonable, sin embargo, que esos partidos tomen a esa confusión como un pretexto para no ponerla en claro y para adaptarse a ella. Tienen que hacer lo contrario – valerse de la experiencia acumulada como partidos, para abordar la catástrofe capitalistas con mayor audacia.
Algunos izquierdistas han tomado prestada de la norteamericana Naomi Klein, la teoría del ‘shock’, según la cual las crisis capitalistas son armadas por los capitalistas y sus Estados para infundir temor y confusión en las masas, para superar la crisis a expensas de estas masas. Esta tesis tiene un grano de verdad, pero aunque parece ‘aggiornada’, es ‘demodée’. Desde los obreros que creían que la desocupación era culpa de las máquinas, a los proletarios con trescientos años de luchas y crisis, victorias y derrotas, que conocen el papel del capital y el estado, la conciencia obrera no puede ser neutralizada solamente por el ‘pánico’. El mismo capital sabe, mejor que nadie, que las bancarrotas capitalistas son peligrosas para su dominación política. La cuestión del poder está colocada como debate y como política en todo el mundo. Desde Trump y Xi Jinping, hasta Bosolnaro, Macri y FF. En el caso de FF, la aplastante victoria en las Paso ha dejado al desnudo su enorme división política y su dependencia extrema de las presiones del capital financiero internacional. La bancarrota de Argentina ha expuesto ante el mundo la bancarrota política del FMI. En Argentina se ha venido abajo un método de dominación mundial, ante una crisis histórica.
Ese resultado mismo puso en evidencia, por si faltaba hacerlo, el afán de las masas de derrocar a un gobierno hambreador, mucho más que de producir “una alternancia” en el ejercicio del poder. Este ‘afán’ no es, claro está, un mandato constitucional para el partido ganador, sino un mandato político para los partidos revolucionarios. Asistimos, además, al fenómeno que ningún electorero por supuesto ha previsto – una campaña electoral presidencial que ha sido desplazada por completo por la crisis del régimen político y el temor de la clase capitalista y sus partidos al “estallido social”. Los ojos no están puestos en las urnas sino en decisiones de poder.
Huelga general
El punto de quiebre de las relaciones del capital y el estado, de un lado, y las masas, del otro, es, sin lugar a dudas, en el momento actual, el agravamiento de las condiciones sociales. Ninguna de las medidas ‘sociales’ del gobierno sirven para nada, y hasta los kirchneristas consideran ‘atrevido’ el congelamiento de la tarifa de naftas. Por eso la lucha política debe estar concentrada, para la izquierda, en la huelga general – en explicar que la huelga general es la única medida eficaz de la que disponen los obreros y los explotados. Esto quedará más en evidencia aún cuando fracasen las transas mentirosas que fingen oficialistas y opositores, en un imposible propósito de mostrar un frente único frente al capital internacional, los acreedores o el FMI. La huelga general ya no depende de la CGT, ni ella es el ‘obstáculo’ para que se desencadene: está enteramente en manos de la crisis misma y de la agitación política de la izquierda.
El primer propósito de esta agitación por la huelga general es atraer hacia la izquierda y organizar como militantes a los activistas obreros más resueltos.

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