Macri y Fernández, entre­ el sueño y los delirios­ Por Jorge Raventos

Finalmente,  el miércoles 14 se produjo el encuentro telefónico entre Mauricio Macri y su probable sucesor, el triunfador de las PASO,  Alberto Fernández. Ese contacto -15 o 20 minutos de una conversación que implicó la apertura de un canal directo entre ambos- era reclamado como una señal de distensión por los famosos mercados, por la opinión pública y hasta por la mayoría de la dirigencia oficialista, con la excepción de algunos núcleos que se resistían, porque intuían que esa señal equivalía a una rendición.

Hasta el martes 13 a la tardecita, pese al urnazo del domingo 11 y a las críticas internas (que ya incluían las de varios miembros de la mesa chica del Presidente)  Mauricio Macri y el núcleo duro que determinó la estrategia electoral oficialista sostuvieron contra viento y marea la política polarizadora que acababa de fracasar. Y desarrollaban la ilusión de recuperar en octubre la enorme distancia que electoral que el domingo 11 separó a Macri de Fernández y forzar el ansiado ballotage que les permitiría vencerlo en noviembre.­

Las manifestaciones pública de Macri del domingo por la noche y el lunes, aunque explicadas un día más tarde con el argumento de que “tenía mucho sueño”, respondían a la terca insistencia en una tesitura que no se rendía ni siquiera ante la evidencia del elocuente escrutinio.

La expresión más patética de esa obcecación fue Elisa Carrió, que el domingo afirmó que la elección de ese día “no existió”,y unas horas  más tarde se empantanó en una rocambolesca denuncia de “fraude K” condimentada con proverbiales  “narcos y mafiosos”  y naufragó en el ridículo cuando desde el ministro de Interior hasta el periodismo más afín al gobierno desacreditaron esas versiones como un delirio.­

El Presidente nunca llegó a esos extremos, pero usó tres presentaciones públicas para culpar a los vencedores (y a quienes los votaron) de las consecuencias que su propia derrota ocasionaría al país. Ya se habían iniciado la escalada del índice de riesgo, la devaluación del peso y la debacle de las acciones de empresas argentinas. Culpar a otros no era, pues, una exclusividad de Cristina Kirchner cuando presidía el país. Su sucesor se mostraba dispuesto a emularla

EQUIVOCO FATAL­

La lógica de la polarización, que guió la fracasada estrategia electoral del oficialismo, se basa en un equívoco fatal que ya desorientó cuatro décadas atrás al general Alejandro Agustín Lanusse.­

Empeñado en aplastar la influencia política de Juan Perón y aconsejado por los Marcos Peña y Jaime Durán Barba de su régimen, el presidente de aquel régimen militar reformó por decreto la Constitución y mediante un Estatuto Fundamental Temporario introdujo el sistema de ballotage en la elección del presidente porque le aseguraban que en una opción entre dos alternativas la mayoría del país votaría contra el peronismo. “La mayoría es antiperonista”, lo convencieron a Lanusse sus consejeros. La primera experiencia de ese régimen, en marzo de 1973, fue una frustración: hasta un suplente indeseado de Perón -Héctor Cámpora-, autorizado por Lanusse a competir en esas condiciones hizo inútil el ballotage al alcanzar casi el 50 por ciento de los votos y duplicar a su adversario, Ricardo Balbín, que renunció a la segunda vuelta. Pocos meses más tarde, ya sin vicarios, el propio Perón obtuvo el 62 por ciento

Beneficiario del ballotage de 2015, el gobierno de Macri intentó convertirse en permisionario exclusivo de aquella victoria (a la que sólo aportó un capital electoral propio que no le había alcanzado para ganar en la primera vuelta) y eternizar ese instante triunfal, constituyendo al kirchnerismo como encarnación de la oposición, atribuyendo inspiración K a cualquier crítica u oposición y apostando a un choque electoral con Cristina Kirchner, es decir, a aprovechar en beneficio propio el rechazo de amplios sectores a la ex presidente. En noviembre del último año en esta columna se advertían los riesgos de esa estrategia:

“Podría ocurrir que el capítulo final de la polarización con la señora de Kirchner que se alienta desde la Casa Rosada no sea una candidatura presidencial de ella, sino la de alguna figura del peronismo que no esté cargada con los lastres que ella sobrelleva (…) ella estaría en lugar visible, participaría de la elección, pero no confrontaría directamente con el candidato presidencial oficialista (Macri o quien fuera), y preservaría a su fuerza política del techo electoral que arrastra personalmente. Los estrategas de la Casa Rosada apuestan a que ella sea candidata y a que, como consecuencia, el peronismo divida su fuerza electoral. Cultivar la polarización puede terminar mal”.­

Por esa vía, el oficialismo hizo lo posible por diluir la unidad de las corrientes peronistas no kirchneristas (ex kirchneristas, antikirchneristas, etc.), en las que intuía una competencia electoral incómoda. Terminó acelerando una polarización en su contra que sepultaría sus deseos de continuidad

POLARIZACION EN CONTRA­

El Gobierno hizo lo que pudo por dispersar la corriente peronista federal y cuando ésta (cómplice del hecho por sus propias falencias) se desintegró, se felicitaba de haber dividido al peronismo. Desestructurado ese eje, el oficialismo se quedó, en rigor, sin un agente de retención de voto peronista. Y aunque de la dispersión del peronismo federal consiguió el muy importante pase de Miguel Pichetto y cierta neutralidad del gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, a cambio disparó el corrimiento de Sergio Massa al Frente de Todos y la adhesión de la mayoría de los gobernadores peronistas a la candidatura de Alberto Fernández. Eso tuvo consecuencias letales en la elección: basta mirar el mapa de las PASO, pintado casi totalmente de azul o la elección bonaerense, donde se calcula el aporte de Massa a la victoria del Frente de Todos en unos 14 puntos porcentuales y donde el Frente de Todos no se redujo al voto concentrado del conurbano, sino que extendió su influencia a amplísimas zonas rurales que no forman parte del capital natural de Cristina Kirchner.

ELECCION Y DESPUES­

El domingo por la noche la depresión que embargó al oficialismo fue directamente proporcional a la desinformación que sus laboratorios venían sembrando. ­

Más allá de las operaciones encubiertas de propaganda que insistían con paridades inexistentes y hasta con superioridad oficialista (ese plato se le vendió a los mercadosel viernes 9 para suscitar un alza de bonos y acciones), estaba establecido como opinión bien fundada que la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal, era invencible en su distrito en una pelea mano a mano y que su eventual desventaja residía en  sostener la mochila de la candidatura presidencial de Mauricio Macri. Se confiaba en el oficialismo, en cualquier caso, en que muchos intendentes peronistas promoverían el corte de boleta en la provincia en beneficio de Vidal y en perjuicio de Axel Kicillof, el candidato del Frente de Todos. Las urnas emitieron una brutal desmentida: la gobernadora perdió ante un Kicillof que superó los 50 puntos. El corte de boleta fue ínfimo. ­

La búsqueda de la polarización electoral, imaginada como recurso máximo  por los estrategas de la campaña oficialista, resultó un éxito… para la fórmula  Fernández-Fernández. ­

El mismo domingo 11 a la tarde circulaba una información con sello de conocido comentarista que aseguraba que Macri y Fernández estaban cabeza a cabeza, separados apenas por una diferencia “en el registro del error muestral”.  ­

Signo del descrédito que han alcanzado esos canales de comunicación, quedó demostrado en las urnas que las operaciones informativas intencionadas no ejercen mayor influencia sobre la mayoría de los ciudadanos, aunque parece haber hecho estragos en el electorado y  muchísimos cuadros del oficialismo, sumidos en el desconcierto que les provocó un escrutinio que desmentía ásperamente el relato entusiasta surgido desde arriba y desde los medios amigos.­

LA PROCESION VA POR DENTRO­

La paliza electoral, sumada al desafortunado  discurso reiterado por el Presidente durante las dos primeras jornadas postelectorales, provocó una tormenta de debates en el seno del oficialismo. Se reclamaba de Macri que  reconociera explícitamente el triunfo de Alberto Fernández, hablara con él y se autocriticara públicamente por los discursos en los que demonizó una vez más a los opositores y virtualmente extorsionó a sus votantes para que cambiaran el sufragio en octubre. El Presidente terminó allanándose a estos cuestionamientos en su exposición televisada el miércoles, preparada por sus colaboradores, que leyó del teleprompter para evitar cualquier improvisación inconveniente.

Ante la borrasca financiera y la amenaza de que la situación se agrave, hubo algunos dirigentes que propusieron analizar la posibilidad de adelantar las elecciones de octubre.­

Trataban de dar respuesta a un verdadero intríngulis provocado por las PASO: el Presidente luce derrotado y con un poder deprimido, pero Fernández, su probable sucesor, no ha sido formalmente electo porque legalmente el comicio presidencial no se realizó aún. Parece indispensable tener dispuesta una puerta de emergencia.­

Se le ha reclamado a Macri que actúe como Presidente y no como candidato. El problema es que Macri no puede dejar a su fuerza sin postulante presidencial, ya que hay muchas candidaturas que completan su boleta, desde quienes serán necesarios en el Congreso en el próximo período hasta quienes defienden posiciones en grandes distritos de enorme importancia o en comunas y municipios. .­

Los sectores más políticos del oficialismo reclaman de Macri medidas prácticas -muchas heterodoxas y  lindantes con el populismo, siempre criticado en esas filas- y una actitud dialoguista y calma, que no irrite al electorado y no acreciente el riesgo de un voto bronca recargado. Ellos reclamaban el contacto con Fernández. Algunos de ellos piensan en el adelantamiento.

Los sectores más recalcitrantes, en cambio -Carrió es un ejemplo- consideran que la capacidad competitiva se vigoriza subrayando testimonialmente la pelea cultural,que suele equivaler a la denostación de la tradición peronista y de algunos de sus pilares (como el sindicalismo), juzgados en un todo haciendo pie en algunos malos ejemplos.­

Estos sectores (y algunos de sus aliados mediáticos) insisten en  pintar al Frente por Todos como kirchnerismocuando, en rigor, el kirchnerismo es sólo uno de sus componentes por más que la señora de Kirchner sea el indiscutible puntal electoral, principalmente en el conurbano bonaerense. Del mismo modo, pintan a Alberto Fernández como un candidato condenado a recibir instrucciones de la ex presidente, cuando no parece ocurrir eso: hasta ahora ha mostrado más bien un comportamiento autónomo y moderado y la evidente búsqueda de articular un sistema que contenga al kirchnerismo pero se apoye más bien sobre una base más amplia -principalmente los gobernadores. ­

A partir del diálogo con su victorioso adversario y de las medidas que por fin empieza a adoptar, Macri difícilmente consiga recuperarse en octubre de la derrota de agosto, pero detiene una caída que amenazaba ser vertiginosa y puede volver a soñar con ser el primer presidente no peronista que termina, digamos, normalmente su período.­

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