Las guerras épicas de Patricia

Todo vale. En su af√°n por instalar un discurso punitivo, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich no duda en acudir a frases y situaciones que nadie chequear√°. Algunas de ellas verdaderas zonceras que insultan el sentido com√ļn de aquellos a quienes quiere dirigirse.

Hace pocos d√≠as, un ‚Äúempresario‚ÄĚ perpetrador de violencia de g√©nero -intent√≥ estrangular a su pareja-, se resisti√≥ al arresto que once prefectos intentaron realizar. Nuestro violento Jason Bourne criollo, luego de romper o quitarse las esposas, la emprendi√≥ a golpes contra esta casi docena de hombres, lo que puso en duda la capacitaci√≥n para llevar adelante sus √≥rdenes, adem√°s de la calidad de los insumos provistos a las fuerzas de seguridad, en este caso las esposas utilizadas. No falt√≥ qui√©n acot√≥ que el uso correcto hubiera sido colocarlas con los brazos por detr√°s de la espalda.

El tuit de la m√°xima responsable de nuestra seguridad, apresurada en vincular √≠tems -a esta altura- de su fracasada gesti√≥n, escribi√≥: ‚Äú¬ŅY si el violento quitaba su arma a un prefecto y comenzaba a los tiros?‚ÄĚ. E, inmediatamente, se√Īal√≥ que el uso de una pistola Taser ser√≠a la herramienta que hubiera podido zanjar esa situaci√≥n. No dice cu√°les son las razones por la que once hombres con instrucci√≥n, bastones tonfa, chalecos y esposas que actuaron contra un tipo semidesnudo, no pudieron resolver el problema. Quiz√°s la situaci√≥n habr√≠a empeorado, si el sujeto la hubiera emprendido a ojotazos.

No es la primera vez que esto sucede. Ya en sus primeras explicaciones sobre el uso de las pistolas el√©ctricas, Bullrich escenific√≥ un caso en el cual un miembro de las fuerzas mientras viajaba en un tren escuchando sus auriculares -lo que lo ubicar√≠a probablemente fuera de su horario de trabajo-, siente un objeto punzante en su cuello, motivo que lo llev√≥ a sacar su arma y disparar, provocando da√Īos a otros pasajeros.

En este caso, la ministra omite que varios miles de miembros de las fuerzas de seguridad transitan cotidianamente en el sistema de transporte suburbano, portando su arma reglamentaria, fuera del horario de trabajo y de su jurisdicci√≥n. Esta situaci√≥n acarrea serios problemas para la seguridad de los transe√ļntes y del propio personal. Desde el impulso que dio a su gesti√≥n, v√≠a ‚Äúdoctrina Chocobar‚ÄĚ, cualquiera de ellos estar√≠a en situaci√≥n de disparar si su instinto se lo dicta, seg√ļn ‚Äúel estado policial permanente‚ÄĚ.

La Organización de las Naciones Unidas cataloga a estas pistolas como instrumentos de tortura. Además, la ministra tampoco explica cómo haría para repartir una Taser a cada integrante de las fuerzas. La licitación prevé la compra de 300, a un costo de 3.000 dólares cada una

Ya en la versi√≥n porte√Īa acerca del uso de las Taser en el subte, el asertivo ministro a cargo del tema declar√≥ que estas pistolas reemplazar√≠an el manejo de las armas de fuego en andenes y v√≠as. Esta falta de rigurosidad e irresponsabilidad ni siquiera lo lleva a chequear datos tales como que en los √ļltimos 25 a√Īos s√≥lo se produjeron tres o cuatro tiroteos en ese √°mbito, de los cuales la mayor√≠a comenz√≥ en las calles aleda√Īas a las estaciones. Sin contar que la mayor√≠a de esos il√≠citos, son delitos comunes: arrebatos y alguna agresi√≥n sexual controlables desde las c√°maras de seguridad, y con buena presencia policial. Hasta los trabajadores del subte, sin c√°maras ni inteligencia criminal, pueden hacer un listado de memoria de los punguistas que a diario circulan por las redes subterr√°neas.

El manual de zonceras sigue abierto. Lo que ya es un hecho cerrado es el fracaso en el combate real al delito, m√°s all√° de la palabra f√°cil.

Por Gabriel Fuks

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