Macri en el mundo del revés

A contramano del discurso presidencial, la estrategia de “inserción inteligente” resultó un fiasco con magros resultados. Razones y consecuencias de otra política oficial fallida.

Hace poco, en su discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, el presidente Mauricio Macri no sólo describió un país con una inflación y pobreza en descenso y una economía en crecimiento, también caricaturizó la política exterior del anterior gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. “Los ejes de la política exterior de nuestro país eran la alianza con Venezuela y el pacto con Irán”, aseguró el mandatario para justificar la propia y destacar “el rol positivo de la Argentina en la región y en la escena global” que, sostuvo, consiguió desde 2016. Pero al entrar en su último año de mandato y a siete meses de las elecciones que definirán su reelección, Macri solo puede defender ese “rol positivo” con fotos protocolares y apoyos declarativos de los líderes de las potencias más importantes, y nuevas exportaciones, en su gran mayoría, de productos primarios, sin valor agregado, como cerezas, limones y carne.

Aun los analistas que se esfuerzan en ser optimistas reconocen que el gobierno de Macri no consiguió ni logros concretos en materia de política exterior ni resultados tangibles e importantes en las estrategias de integración y alineamientos que propuso. El argumento más benévolo es que el mandatario leyó mal el contexto mundial, apostó por abrirse a una globalización supuestamente positiva de la mano de las grandes potencias occidentales -Estados Unidos y la Unión Europea- en un momento en que las dos dan aires a discursos nacionalistas y profundizan sus proteccionismos económicos. Dicho de manera más llana, plantearon una política exterior similar a la de los 90s -con apertura comercial, alineamiento y concesiones a Estados Unidos, menos visibilidad para el reclamo de las Islas Malvinas para mejorar la relación con Reino Unido y Europa, y mayor confianza en los organismos internacionales de crédito-, pero sin una realidad internacional como la de los 90.

En esa época, Estados Unidos salía triunfante de la Guerra Fría y su principal objetivo exterior era imponer y demostrar su hegemonía absoluta y su control unipolar sobre la comunidad internacional. Estaba deseoso de beneficiar a sus aliados en cada región del mundo y la Argentina de Carlos Menem fue su mejor alumna en Sudamérica. Las potencias europeas, en tanto, estaban interesadas en entablar una próspera alianza basada en la apertura económica y, en el caso argentino, en la privatización de los servicios públicos y áreas estratégicas.

Hoy, en cambio, el “America First” de Donald Trump, el triunfo del Brexit en Reino Unido, el ascenso gradual pero certero de partidos ultranacionalistas en la mayoría de Europa y una economía global que es empujada por múltiples potencias, entre ellas China, dejó a Macri sin aliados occidentales interesados en recompensar comercialmente un alineamiento político como el que propuso y que el canciller Jorge Faurie vendió como una “inserción inteligente” al mundo.

Pese a la falta de resultados -principalmente la tan prometida lluvia de inversiones pero también un superávit comercial- y a la confrontación con la realidad internacional actual, el gobierno no cambió rápidamente su estrategia.

“Estados Unidos tiene hacia nosotros un interés político y nosotros tenemos hacia ellos un interés económico. A Estados Unidos le interesa el tema de la seguridad, el apoyo internacional, la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico. El desafío está en poder trabajar con ellos dándoles satisfacciones a los intereses que ellos tienen con respecto a nosotros, y al mismo tiempo, de una forma diplomática, que eso se traduzca en una actitud más bien positiva con respecto a nuestra agenda económica”, explicó al diario Clarín el embajador argentino ante Washington, Fernando Oris de Roa, tras asumir el cargo en enero del año pasado.

Pero la profundización de la crisis económica en el país en los meses posteriores obligó a Macri a repensar, al menos parcialmente, su “inserción inteligente” en el mundo.

“Finalmente el gobierno reconoció que su apuesta hacia Occidente no funcionó y concluyó que tiene que ir a buscar otros mercados. En los primeros dos años de Macri, se firmaron 16 acuerdos con China. Sólo el año pasado se firmaron 24”, destacó en diálogo con Zoom el politólogo y profesor en la Universidad de San Martín (UNSAM) Alejandro Frenkel y agregó: “Hay un giro pragmático hacia Asia, pero es parcial. Por un lado, el gobierno dice: Este no es el escenario que nosotros planeamos y tenemos que adaptarnos. Pero, por otro lado, sigue insistiendo en abrir la economía, especializarse en productos primarios, tener una relación privilegiada con Estados Unidos y seguir mirando a Europa.”

Por eso, con tres cuartos de su mandato cumplidos, estos son los logros que celebró Macri ante el Congreso en un discurso que no escondió su precoz tono electoral: “Ya llegamos con nuestras cerezas y arándanos a China, con nuestra carne a Japón y China, con nuestros limones a Estados Unidos, con aceite de soja a India; con nuestras pickups a Colombia, con nuestro ajo a Taiwán; vendemos langostinos y biodiesel a Europa, cajas de cambio a China, aluminio a Japón, piletas a Chile, medicamentos a Pakistán y a Corea del Sur, carne a Israel, yerba mate a Siria y también ahora a la India, y software a Estados Unidos, la Unión Europea y América latina”.

Pese a las enormes devaluaciones que sufrió el peso a lo largo de estos tres años y que volvieron a los bienes y servicios argentinos más baratos y, en jerga económica, más competitivos, en el mundo, las exportaciones no despegaron más allá de un tímido crecimiento que no logró alcanzar al aumento de las importaciones, habilitado por la apertura defendida por la Casa Rosada. Conclusión: mientras el gobierno anterior terminó el mandato en 2015 con un déficit comercial de 3.500 millones de dólares, en 2018 la cifra ascendió a alrededor de 5.000 millones.

Las exportaciones en general venían en caída desde el gobierno anterior. Pero la política de apertura, en algunos sectores, indiscriminada a las importaciones, profundizó el déficit comercial y la estrategia declarada de confluencia del Mercosur con la Alianza del Pacífico potenciará aún más la búsqueda de mercados extra regionales para commodities, en detrimento de intentar recuperar las exportaciones intrarregión de bienes con algún valor agregado.

“Cada vez se comercia menos dentro del Mercosur y esto no es algo que empezó con Macri. Alrededor del 10% de lo que comercian los países miembros es dentro del bloque, mientras que esa cifra supera el 50% en la Unión Europea. La sensación hace tiempo es que se llegó a una suerte de tope y que hay menos incentivos para hacer crecer el mercado intrarregional, donde todavía se puede vender bienes con valor agregado, en gran medida, porque China está avanzando sobre ese espacio”, explicó Frenkel y continuó: “La Alianza del Pacífico, en cambio, fue pensada para exportar, para buscar mercados por fuera de la región en vez de desarrollar el regional. Una confluencia, como ha prometido el gobierno, profundizaría la actual reducción del comercio intra Mercosur.”

Esta tendencia, además, se alimenta de la creciente “indiferencia” -según calificó Frenkel- que domina la relación actual con Brasil, el socio privilegiado de la región desde el gobierno de Ricardo Alfonsín. El vínculo con la principal potencia sudamericana nunca fue fácil ni perfecta. Pero si hay una gran diferencia entre la política exterior de Macri y la de Menem es que este último sí dio a Brasilia un lugar central en su estrategia.

En los 90, ambos países tenían mucho por ganar de una alianza comercial y una integración regional modelada según sus intereses, y, durante los años del kirchnerismo, aún en los momentos en que los desencuentros fueron más que las coincidencias, los dos gobiernos hicieron intentos, muchos infructuosos, por no romper públicamente la imagen de frente unido de cara a la región y al mundo.

“Hoy, estructuralmente, no hay un cambio en la relación bilateral. -aclaró el politólogo- Lo que sí se modificó fue la voluntad de hacer frente a los problemas de coordinación de políticas. Hoy hay una indiferencia.”

Y esta indiferencia parece estar teniendo efectos concretos en el liderazgo político que supieron tener unidos Argentina y Brasil para impulsar y protagonizar los esfuerzos de integración regional.

Mientras la Unasur tuvo a Buenos Aires y Brasilia como dos de sus principales motores, en enero pasado, fue el presidente colombiano Iván Duque con el apoyo de su par chileno, Sebastián Piñera, el que anunció el proyecto para reemplazar a la organización sudamericana con una nueva y aún desconocida estructura, el Pro Sur. De la misma manera, el liderazgo que supo asumir Macri al inicio de su mandato en la ofensiva diplomática regional contra el gobierno venezolano de Nicolás Maduro quedó en la actualidad desdibujado.

Por un lado, Macri no parece dispuesto a acompañar la radicalización que encabezaron los gobiernos de Estados Unidos y Colombia, quienes con más o menos diplomacia, instalaron la posibilidad de una intervención armada en Venezuela en la discusión internacional. Pero, por otro lado, el presidente argentino -y todo indica que su par brasileño también- no disputó la conducción del conflicto regional.

Después de todo, en la “inserción inteligente” al mundo de Macri no hay lugar para confrontar o criticar a Estados Unidos, en lo que hoy es, sin dudas, su prioridad en Sudamérica. Menos todavía cuando el gobierno necesita el apoyo de Washington en las continuas negociaciones con el Fondo Monetario Internacional.

Sin avances significativos en la balanza comercial externa, sin la prometida lluvia de inversiones y con el único logro de haberse convertido en un anfitrión “profesional”, “responsable” y “moderador” de tensas cumbres internacionales, Macri corre el peligro de perder antes de octubre uno de sus más eficientes caballitos de batalla electoral si Trump y Duque radicalizan aún más el enfrentamiento con la Venezuela de Maduro y obligan a la región a tomar posición frente al uso o amenaza de la fuerza militar.

Por María Laura Carpineta – Revista Zoom

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