El secreto de Cambiemos, Por Carlos De Angelis

La lucha política también es una lucha por imponer el discurso legítimo. Toda la realidad; los datos económicos y los sociales; las luchas éticas y las de género; las percepciones y los deseos se agrupan y esconden en la narrativa legítima. Como apuntó Patrick Charaudeau, uno de los más grandes expertos en el uso del lenguaje, la construcción del discurso legítimo tiene la finalidad de obtener una posición de autoridad que permite al sujeto (político) tomar la palabra. El discurso legítimo es el que logra instalarse como “natural”, el que mejor parece interpretar la realidad y el que construye la ilusión del consenso. No elimina otras narrativas, pero las vuelve minoritarias y subalternas.

Brindis y votos. El balance del año en el terreno económico y social es conocido. Una inflación récord desde los 90, reducción del PBI, pérdida del poder adquisitivo de los ingresos, la necesidad de acceder al respirador artificial financiero del FMI para no caer en el default –que el riesgo país insiste en recordar–, unas tasas de interés estratosféricas para que el dólar no se dispare, aumento de la pobreza, incrementos galopantes en los servicios públicos esenciales, y un ajuste en el Presupuesto de 2019 cuyos efectos comenzarán a evidenciarse en poco tiempo. Esta brevísima descripción haría pensar para el desconocedor de la realidad política argentina que se trata de un gobierno en retirada. Pero no, por el contrario, se trata de un gobierno cuya cabeza, Mauricio Macri, mantiene una intención de voto codo a codo con la principal figura de la oposición y con posibilidades ciertas de ganar en un ballottage.

¿Por qué ocurre esto? Porque Cambiemos es hoy el poseedor del discurso legítimo, el “dueño” del discurso de época dominante.

En las encuestas la gran mayoría confiesa que en 2018 la ha pasado mal económicamente hablando. Ha tenido que reducir o suprimir consumos, pasarse a segundas marcas, etc., ¿cómo es posible que parte de esa mayoría siga votando a Macri? Pues bien, un problema es que el economicismo sigue dominando los análisis sociales, y por simplificación, o en vista de experiencias anteriores, es más sencillo realizar una imputación causal de las cuestiones económicas a las decisiones políticas que bucear en otras explicaciones. Hay que señalar que si es difícil acceder a las argumentaciones sociales, lo es más aun desde las encuestas –donde la información es recabada desde arriba (encuestador) hacia abajo (encuestado), y es más apropiada la aplicación técnica cualitativa (como entrevistas o grupos) para tener indicios del pensamiento de las personas comunes, escapando del microclima político de los que están inmersos en él.

Un nuevo discurso comienza a desplegarse, uno que cuestiona la narrativa macrista, pero por derecha. La caracteriza por no cumplir con sus fundamentos, que no ha reducido el Estado, no ha eliminado los planes sociales o no ha avanzado en una política de verdadera mano dura con la delincuencia o la protesta socia

Amplificaciones. El centro del discurso del macrismo se ha anclado en la figura del “mérito”. Hay que merecerse los bienes y servicios necesarios para vivir, pero las cosas deben pagarse lo que valen como la energía o el trasporte. Quienes cobran planes sociales, ayudas del Estado y subsidios en general son una carga para la sociedad –y los privados deben sostenerlos mediante el pago de impuestos–. De aquí se deduce que el Estado debe concentrarse en proveer justicia y seguridad retirándose de la economía, ya que el mercado es el mejor asignador de recursos. Sostener la seguridad requiere dar capacidad de fuego a la policía y las fuerzas de seguridad, y se debe intervenir para limitar la protesta social. Como parte de esta lógica, el país debe estar integrado al mundo –de ahí lo exitoso del G20– para exportar sus alimentos. Pero el sustrato de toda esta construcción se ancla en lo negativo: se debe evitar el regreso del populismo, el peronismo en cualquiera de sus formas, especialmente el kirchnerismo. No se puede negar que la multiplicación de este mensaje con mil traducciones –para la tía poco entendida– entre medios y comunicaciones afines al gobierno cumplió su efecto de amplificación y fijación, pero ese factor si bien es necesario no es suficiente para explicar la impregnación del complejo mensaje.

Mutaciones. Desde el impulso inicial del Gobierno en 2015 el discurso fue mutando. Cada vez que se incumplía un presagio (lluvia de inversiones, target de inflación, etc.) la narrativa cambiaba sin perder el propósito original, pero dando lugar a pedidos de sacrificios y austeridad a la población lejanos a los estilos de vida de muchos integrantes del Gobierno. La fuerte devaluación de la moneda de 2018 y la generación de metáforas para explicarla en términos meteorológicos, lindante con lo jocoso, llevaron a una pérdida de credibilidad que se tradujo en una caída en la popularidad de más de 10 puntos. A pesar de todo, el oficialismo está tan afincado en el éxito de su construcción discursiva que no tuvo problemas para anunciar, en el inquietante diciembre, fuertes aumentos de las tarifas de los servicios públicos anclado en el “viva la pepa” kirchnerista.

Toda esta narrativa no es nueva ni fue fundada por el macrismo, tiene un largo derrotero en la historia argentina, tuvo un resurgir durante el conflicto del gobierno K contra los sectores agrarios primero y otro, tras la imposición del cepo cambiario cuando se organizaron por internet las marchas y los cacerolazos de 2012 y 2013 que apuntaban a la ex presidenta. En esos días, el kirchnerismo, lejos de considerar que las marchas planteaban un embrionario contradiscurso con posibilidades de encarnarse políticamente, redobló su apuesta consistente en ocupar el espacio público con su propia narrativa en las cadenas nacionales, la ofensiva por la aplicación de la Ley de Medios y la presión por el desguace del Grupo Clarín.

Por supuesto que el discurso político del kirchnerismo tiene vigencia hoy, pero no logra –por ahora– ser mayoritario, básicamente porque la oferta del voto nostalgia con la finalidad de “recuperar los derechos cercenados” no alcanza para reconquistar a franjas importantes de sectores medios, que comenzaron a votar otras opciones a partir de 2013 y finalmente lo harían por Macri en el ballottage de 2015.

Comenzando a transitar el cuarto año de experiencia M, un nuevo discurso comienza a desplegarse, uno que cuestiona la narrativa macrista, pero por derecha. La caracteriza por no cumplir con sus fundamentos, que no ha reducido el Estado, no ha eliminado los planes sociales o no ha avanzado en una política de verdadera mano dura con la delincuencia o la protesta social, que para la novísima derecha extrema son muy parecidos. Ese discurso por ahora parece marginal, pero obligará al macrismo a mirar hacia los dos lados de la ruta frente al complejo año electoral que se avecina.

*Sociólogo – Perfil

Top