Claves para entender los cambios políticos actuales Por Fernando León

Buena parte de la prensa internacional se ha contagiado de un ímpetu catastrofista, que sólo puede identificar la democracia contemporánea con el liberalismo globalizador de los días posteriores a la caída del muro en Berlín. Pero en un mundo signado por la tecnología, ávido de pragmatismo y de datos duros, la simple opinión, por muy bien argumentada que esté, no hace otra cosa que alimentar la confusión.

La crisis del orden liberal, que primero se manifiesta como una clara crisis de representatividad –la de los años de la Gran Recesión Global (2007-2015)-, y luego a través de una reacción en el mismo sistema electoral de las democracias occidentales –Brexit, Trump, Bolsonaro y la lista no parece detenerse aún-, pone en evidencia no el fin de la democracia como tal sino del consenso que los liberales habían dado por sentado desde que Francis Fukuyama decretó un supuesto “fin de la historia”. 

La historia, en efecto, regresó de un modo estentóreo, negando todo consenso y poniendo en evidencia un conflicto que nunca había desaparecido. Ese supuesto paraíso liberal en el que las opciones eran tan sólo matices entre un orden liberal conservador –el de los Bush- o un orden liberal más puro –el de los Clinton-, que no ponía en tela de juicio las reglas de juego en el contexto de la política y la economía internacional, era más frágil de lo que parecía. Pero había algo todavía más significativo que la crisis financiera en el corazón mismo de las naciones libremercadistas: el extraordinario ascenso de la economía china, que creció al mismo tiempo que la revolución tecnológica global, acoplándose de algún modo a la misma para transformar una economía cuasi medieval, impulsada por el heterodoxo PCCH, en un claro competidor de la economía norteamericana, que hasta el momento gozaba de una preeminencia indiscutible a lo largo de más de medio siglo. China fue tal vez el único cambio rotundo en esos tiempos de aparente calma, tiempos que algunos llegaron a llamar la Pax Americana precisamente porque se creía que la estabilidad de esa posguerra indefinida iba a durar centenares de años, como la Pax Romana del primer milenio de nuestra era.

La historia está de regreso y esta vez viene acompañada por un protagonista completamente inédito: el mundo tecnológico. Samuel Huntington ya lo había anticipado en su célebre ensayo de 1996 sobre el choque de civilizaciones: los fantasmas anteriores a los grandes conflictos armados que se dieron entre 1914 y 1945 y que continuaron durante la Guerra Fría (1947-1989) eran parte fundamental de las civilizaciones y regresaron con fuerza al eliminarse esa tensión entre las dos superpotencias. Las viejas culturas, con sus prejuicios religiosos y sus costumbres milenarias regresaron con toda su fuerza, y ese afán identitario no se resignó frente al optimismo de la globalización promovida por el orden libremercadista. No hubo ni americanización cultural ni revolución multicultural. Aunque el estupor de los liberales nos haga creer que estamos ante el comienzo del Apocalipsis, lo que está ocurriendo es casi una verdad de Perogrullo: los asiáticos han decidido seguir siendo asiáticos, los hindúes han persistido en su condición de hindúes y los británicos han opinado que ser británicos es lo más aconsejable. La misma revolución ha operado en la gran superpotencia económica y militar del globo: las clases trabajadoras norteamericanas han decidido buscar un partido –o un candidato- que las represente a ellas, y no a las minorías de todo tipo. Los demócratas aún siguen elaborando el duelo por ese error en la mirada que muchos trabajadores estadounidenses interpretan aún como una traición a las bases. Todos somos parte de alguna minoría, pero la democracia es un juego de mayorías nacionales, en el que no todo puede ser sometido a revisionismo o discusión acalorada. Lo mismo ocurre en Francia –una Francia que, acomplejada por el juego dialéctico de los liberales, tiene miedo de admitir que aún es blanca y europea-, o en una Alemania que, pese al fantasma del nazismo, comienza a preguntarse si la ola de inmigración promovida –o tolerada- por el gobierno de Merkel no pondrá en riesgo aquellas cosas que no queremos tener que discutir. Nadie puede decirme quién soy, dijeron los chinos y también los hindúes. En Europa y Estados Unidos, aunque esto le parezca inconcebible a algunos, ocurre exactamente lo mismo.

Por supuesto que la globalización, que no es ni liberal ni conservadora, seguirá su camino. La revolución cuántica, que no tardará demasiado en ocurrir, nos obligará muy probablemente a entrar en un mundo que aún no podemos visualizar: trabajos que aún no existen, tecnología que aún no ha sido inventada, relaciones interpersonales que aún no pueden ser analizadas. El cambio ya está ocurriendo, y en todas partes. No respeta ni razas ni religiones ni costumbres ni diferencias políticas o ideológicas. Ese cambio revolucionario, previsiblemente, incluye también el orden democrático vigente. Un orden que ha sido puesto en crisis por la misma revolución de la información, que pone en evidencia los límites de la libertad individual, los mecanismos de participación colectiva, la idea misma de liderazgo y el modo en el que las subjetividades negocian su lugar en el mundo para no romper la armonía del conjunto, aquella que hace posible precisamente la gran moneda de cambio de los principios democráticos: el bien común.

Cualquiera sea la posición política que se tenga, cualquiera sea la opinión que tenemos sobre la ampliación de derechos, sobre los límites a la libertad individual o sobre el peligro del retorno a las sociedades autoritarias –predemocráticas-, vamos a seguir teniendo algo en común con nuestros más férreos enemigos: nuestra pertenencia incondicional al proceso de la revolución tecnológica. El mayor salto, la mayor mudanza, el mayor conjunto de transformaciones que va a experimentar la humanidad desde que las primeras tribus aprendieron a fabricar armas con la piedra, obligando a las otras tribus a sobrevivir mediante la incorporación disuasiva de esas primeras innovaciones.

La nueva democracia tendrá que estar comprometida con este desafío: el debate en esta nueva sociedad deberá prescindir de aquello que esa misma tecnología, más pragmática, puede hacer por nosotros. El componente ético, fundamental para estos tiempos, tendrá que volver a un primer plano. Habrá que aprender a desactivar las falsas noticias, a desalentar las discusiones estériles sobre las creencias individuales y a fomentar el consenso en aquellos temas que aún permiten un acuerdo común. El trabajo, como hemos dicho tantas veces, será uno de los temas esenciales en esa discusión. No sólo, como hoy ocurre, para asegurar el pleno empleo en el interior de las naciones, sino también para redefinir ese mismo trabajo a la luz de las transformaciones tecnológicas, y el papel que tendrá la actividad humana en la sociedad altamente tecnificada de los próximos años.

No es momento para caer en una banalidad tecno-optimista, que sería la contracara edulcorada del catastrofismo que descree de ese futuro inexorable. No hay motivos para creer que esas mismas herramientas de Big Data que nos ayudan a predecir el comportamiento de los votantes no nos serán útiles precisamente para ampliar los mecanismos de participación, para eludir la información falsa y para desbaratar los planes de los líderes mesiánicos o las mentiras tranquilizadoras de los demagogos de turno. Por supuesto que habrá que aggiornar la democracia que hoy conocemos, y construir quizá un tipo de liderazgo como resultado de nuevas formas de participación ciudadana.

La ética, lo humano demasiado humano, tal vez sea lo único que sobreviva a esta tempestad de nuevas herramientas que ampliarán las posibilidades humanas. Y esa ética nos hablará de las mismas cosas que atribulaban a las primeras tribus humanas.

De manera práctica y también conmovedora, el pensador italiano Umberto Eco, consigue definir este desafío del espíritu humano para estos tiempos de mudanza tecnológica: “Después de tantos años estudiando la ética, he llegado a la conclusión de que toda ella se resume en tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir”.

*Fernando León es Abogado por la Universidad de Buenos Aires. Especialista en Asuntos Públicos y Analista de Política Internacional.

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