El triunfo de los “pataduras” Por Javier Milei

A la luz de los recientes cambios que ha decidido el presidente Mauricio Macri todo pareciera indicar que ha tomado consciencia de que la economía anda mal y que, si no modifica el rumbo, ya no sólo no logrará que su armado político retenga el poder, sino que pasará a la historia por haber encabezado una gestión cuya marca fundamental es la conjunción de impericia técnica y falta de coraje.

Sin embargo, los cambios que se están gestando estarían mostrando que el Presidente ha optado por aquellos que nos han metido en éste problema. En éste sentido, haber renunciado a Federico Sturzenegger y seguir sosteniendo a la Jefatura de Gabinete estaría mostrando que se quedan dentro del equipo los pataduras (los ineptos de la política) y se van los más calificados (los cuadros técnicos).

La Jefatura de Gabinete erró desde el primer día. Arrancó planteando el falso dilema entre shock y gradualismo. Más allá de las consideraciones teóricas que se pueden hacer al respecto, lo más grave es haberle dado la espalda a la evidencia empírica que arroja el país. En este sentido, desde 1952 todos los programas de shock (salvo el de 1959) fueron inicialmente expansivos, mientras que todos los programas gradualistas fueron un fracaso (ver Juan Carlos de Pablo, La economía argentina en la Segunda mitad del Siglo XX).

Por otra parte, los parásitos de la política jamás tomaron en cuenta que con la actual presión tributaria la mayor parte de las inversiones son inviables, motivo por el cual era necesario bajar de modo drástico el gasto público y los impuestos, donde si toda la deuda que se ha tomado hubiera sido tomada para financiar el mismo déficit pero con menor presencia del Estado, la economía estaría creciendo a tasas deslumbrantes (al menos ello sugiere la calibración de un modelo de crecimiento del tipo Jones-Manuelli que hicimos junto a Diego Giacomini).

Sin embargo, los errores no se terminaron ahí. La impericia del keynesiano Alfonso Prat-Gay no se quedaba en lo fiscal. En lo monetario negó olímpicamente el sobrante monetario (money overhang) de casi 5 puntos del PIB. Ello hizo que al momento de abrir el cepo cambiario, aún con la estacionalidad de la demanda de dinero a su favor, el BCRA al fijar la tasa de interés en un nivel consistente con las condiciones de arbitraje de los mercados de capitales esterilizara una cantidad enorme de dinero vía Lebac.

De hecho, sólo dos veces en la historia del país se observó tamaño desequilibrio monetario. Uno en 1959 y otro en 1975, donde en ambos casos, la salida de los cepos sextuplicó la tasa de inflación. Así en el primer caso la inflación pasó de niveles del 20% al 120% y de 30% al 180% en el segundo. De este modo si uno considera que la tasa de emisión venía al 45% y la bomba de los futuros la hubiera hecho saltar al 85%, la tasa de inflación hubiera trepado a niveles del 500%. Esto es, mientras que el Gobierno debería haber paseado en andas a Federico Sturzenegger, los keynesianos brutos lo hostigaban por los niveles de tasa de interés pese a que ya durante 2017 la inflación estaba en baja (aún frente al incentivo irracional del crédito desde el BNA que metió por lo menos entre 5 y 9 puntos adicionales de inflación) al tiempo que los indicadores de actividad daban cuenta de una recuperación cíclica.

Aún con éstos logros del BCRA, pasadas las elecciones, la Jefatura de Gabinete se sintió fortalecida y frente a un peligroso desequilibrio de la cuenta corriente de 5% del PIB junto a un colosal desequilibrio fiscal, se decidió ir contra la independencia del BCRA. La brutalidad keynesiana señalaba que si se baja la tasa eso haría subir el tipo de cambio, por lo que pisando salarios y comprimiendo las ganancias de los empresarios, ello daría una ganancia de competitividad que no sólo corregiría el déficit externo sino que además se aceleraría el ritmo de expansión de la economía.

Como era de esperar, nada de los que salga de las cabezas enfermas de los hijos de Keynes puede terminar bien. Pese a que la demanda de dinero se fortalece en el período que va desde la tercera semana de diciembre a la tercera de febrero, la demanda de dinero se desplomó y con ello se destrozó el poder adquisitivo del dinero. Así, la tasa de inflación que viajaba a niveles del 18% trepó a niveles que van, según la medida, entre el 30% al 40%. El tipo de cambio saltó más de un 50% pese a vender más de u$s 11.000 millones. Y la tasa, que las bestias querían ver en como máximo en el 20%, llegó a tocar el 100% y en una licitación amañada logró fijarse en el 40%.

La explicación de lo sucedido el 28D, salvo para los keynesianos, es sencilla. El BCRA al controlar la tasa de interés y no los agregados monetarios (o fijar el tipo de cambio) trabajaba con un modelo sin ancla nominal. El tema es que para poder determinar el nivel de precios en la economía es necesario determinar la cantidad de dinero, pero como ésta es determinada por los individuos de manera endógena, los precios dejan de estar anclados. Es ahí donde ingresan las expectativas. Así, cuando las expectativas están sólidas, ello brinda un nivel de precios esperados que junto a la tasa nominal fijada por el BC permite determinar la cantidad de dinero y con ello anclar los precios. Sin embargo, el modelo no está diseñado para ineptos que de un día para el otro deciden dinamitar la reputación de un BC.

Así las cosas, el avance sobre el BCRA volatilizó las expectativas, dejó al modelo sin ancla y con ello los precios a la deriva, donde la única forma de parar dicho desastre es sacando pesos de la calle como sea, esto es, subiendo la tasa y vendiendo dólares (comprando pesos).

Finalmente, este desastre nos dejó sin financiamiento en los mercados voluntarios de deuda y terminamos en el FMI. Ahora habrá que hacer un ajuste que hará caer el nivel de actividad, el empleo, el salario real y el consumo, al tiempo que la pobreza, la indigencia y inflación estarán al alza; mientras que si el ajuste no se hace de modo serio volaremos por los aires. En este sentido, frente a semejantes daños, Mauricio Macri premia a los responsables del desastre y despide al único funcionario de nivel que tenía, mientras que nos quieren hacer creer que el problema es la mesa de dinero del BCRA.

Sr. Presidente, con el mayor de los respetos y por el bienestar de todos los argentinos le comento que, aún si se levantaran de la tumba Friedman, Hayek y Mises para ponerse al frente del BCRA, dado los ineptos de Jefatura de Gabinete y los que dependen de ella, también fracasarán. Con dicho equipo no nos salva ni Mandrake el mago.

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