Los riesgos de intentar imponer un nuevo orden mundial

Una simple enumeración de los desafíos globales para Washington en los próximos meses nos puede dar la dimensión de los cambios geoestratégicos a los que asistimos en 2018: la apertura de la embajada estadounidense en Jerusalén, el cierre del conflicto en Corea del Norte, la discusión sobre aranceles con Europa, las primeras escaramuzas de una posible guerra comercial con China y el futuro del TLC con México y Canadá. En año de elecciones, Trump y sus halcones –como su jefe de la diplomacia, Mike Pompeo-, ya sin el contrapeso de los moderados –como Rex Tillerson-, se han jugado un pleno al Trumpismo explícito.

Este juego de probar fuerzas en política exterior para ganar derechos en el terreno doméstico -que otrora garantizaba una alfombra de rosas para los generales romanos que aspiraban a controlar el imperio- no ha sido ajeno a los republicanos. Bush padre e hijo utilizaron el conflicto del Golfo e Irak para desviar la atención de los problemas internos, y los demócratas no se quedaron atrás cuando la estrategia les ayudaba en sus respectivas agendas, pero lo curioso, en esta oportunidad, es que la administración Trump ha podido contar como principal aliada a la economía doméstica, que continúa a todo vapor, con un crecimiento del 2,6 en el último trimestre de 2017 y 2,3 en el primero de 2018. En todos estos casos se registran datos superiores a las expectativas de los analistas, lo que añade aún más puntos a favor de Trump, cuyos estímulos fiscales también han facilitado una tasa de desempleo de sólo 4,1: un piso que no se registraba desde el año 2000.

En los análisis del actual reordenamiento mundial impuesto casi unilateralmente por Estados Unidos no ha faltado el adjetivo “peligroso”, pero ¿dónde está ese riesgo que todos mencionan? El prestigioso analista Peter Beinart, de la tradición liberal, define con claridad este juego al filo de la navaja para la Casa Blanca: “Obama entendía que Estados Unidos, debido a su poder, tenía una responsabilidad global. Para Trump no hay tales responsabilidades, todo son derechos. Mientras las demás naciones deben cumplir sus requerimientos, EE UU no tiene compromisos con nadie”, escribió en una de sus columnas.

En efecto, Estados Unidos ha decidido jugar su propio juego, tal como lo vienen haciendo exitosamente China y Rusia en las primeras décadas del nuevo siglo, y el precio de esta nueva disposición es, previsiblemente, un verdadero terremoto geoestratégico, con pronóstico imprevisible para Occidente, al menos en el corto plazo. Un juego que no le impide al gobierno norteamericano sostener firmes alianzas con el Reino Unido y especialmente con Israel, con quien comparte esta agenda sin matices en Medio Oriente, que ahora tiene los ojos puestos en Irán. Sobre este realineamiento de fuerzas tal vez tengamos mucho de qué sorprendernos en los próximos meses, ya que Europa se debate entre el alineamiento incondicional de las últimas décadas o la “llamada del destino” en la que podría embarcarse la orgullosa Alemania, siempre y cuando consiga convencer a los franceses, sus principales socios en la Eurozona.
No sabemos qué ocurrirá tras las elecciones de medio término, ni cómo reaccionarán los (¿ex?) aliados europeos a este nuevo escenario. Todavía están por verse las consecuencias del giro en las decisiones de Washington respecto de temas cruciales como Irán, Corea del Norte, el TLC, el TPP y el acuerdo climático de París. Pero pase lo que pase, Trump ha venido para cambiar las cosas de un modo casi irremediable.

Más de una vez nos ocupamos de subrayar que el protagonismo chino obligaría a que Estados Unidos despertara, tarde o temprano, de su rol de simple árbitro en el juego de las democracias de libre mercado occidentales para reafirmarse en lo que verdaderamente lo consagra como superpotencia: su posición de líder tecnológico, militar e industrial. Hemos tratado de no entregarnos con facilidad a la crítica del personaje Trump –del árbol Trump- para no perder de vista el bosque completo de las relaciones internacionales, que exigía una respuesta firme, en el campo estricto del realismo político, a las dos décadas de crecimiento ininterrumpido de una China que, sin complejos –y a menudo sin escrúpulos-, ha aprendido a nadar como pez en el agua en las olas del capitalismo globalizado.

Si no era mediante el efecto Trump, la reacción llegaría de otro modo. Y el antes y después de Trump seguramente va a acelerar el proceso que está poniendo fin al multilateralismo para que la única superpotencia del planeta imponga, por primera vez, las reglas para un nuevo mundo globalizado, pero esta vez atendido por sus dueños.

Por Fernando León – Abogado por la Universidad de Buenos Aires. Es especialista en Asuntos Públicos y Analista de Política Internacional

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