La dama de hierro del Partido Judicial (PJ)

La intervención de Matheu 130 la puso otra vez en foco. Su adicción al poder. Sus servicios a todos los peronismos y sus aliados en los servicios. Lilita, Torello y el casting de interventores.

Escribe las últimas páginas del libro que podría hacerse con su vida. Nacida en San Nicolás hace 81 años, María Romilda Servini de Cubria aborrece la posibilidad de estar lejos del poder. Nada le duele más. Oficialista sempiterna, la jueza federal con competencia nacional electoral lleva casi tres décadas en los tribunales de Comodoro Py. Es la única mujer entre los 12 jueces federales de Retiro y la que más tiempo acumula en su cargo.

Identificada desde siempre con el peronismo, no tuvo inconvenientes en aceitar sus vínculos con la Casa Rosada durante los gobiernos de Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner. Aunque el final de un ciclo la encuentra con menos influencia de la que hubiera querido, tampoco le faltan puentes con Cambiemos. Enemistada con Ricardo Lorenzetti y recostada sobre Elisa Carrió, Servini conoce bien a José Torello, el jefe de asesores del Presidente que, además, es apoderado y fundador del PRO. También, a la pata peronista que se crió con Menem y hoy reporta a Mauricio Macri: Miguel Ángel Toma, Rogelio Frigerio, Diego Santilli, Cristian Ritondo, Horacio Rodríguez Larreta… no hay nadie que la desconozca.

Servini generó un alboroto inesperado en el peronismo con la antojadiza intervención para la que designó a Luis Barrionuevo. Eje de conspiraciones y sospechas, la jueza electoral logró lo que se proponía: volver al centro de la escena y recibir una vez más llamados del arco amplio del pejotismo, que le pregunta: “¿Por qué hiciste esto?” “¿Qué vas a hacer?” “Qué querés”.

Operadora eximia, la viuda del brigadier Juan Tomás Cubría no hace más que volver a ejercer su tutela sobre el sello del PJ. Lo hizo cada vez que pudo, ante la ausencia de un liderazgo claro, por iniciativa suya o por pedido de algún sector del poder con el que quería congraciarse.

Nombrada por decreto por Menem en el Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional N°1, el 5 de noviembre de 1990, “La Chuchi” ganó su primera fama en los años noventa por el Yomagate y la censura a Tato Bores.

 

Los memoriosos del PJ recuerdan que fue clave con una intimación para que Adolfo Rodríguez Saá abandonase la presidencia y le abriera la puerta al interregno de Eduardo Duhalde. Mucho más, para habilitar el experimento -tan exitoso como inaudito- del presidente interino que depositó en la Casa Rosada a Néstor Kirchner. Menem se perfilaba como el ganador de la interna peronista hasta que el 31 de enero de 2003 -en plena feria judicial- el Presidente le hizo una visita en su despacho que se extendió durante 50 minutos y terminó con la suspensión de las internas por falta de tiempo.

Kirchner le debía un favor desde antes de asumir. Días después, hizo historia a su manera: dictó una resolución que le permitió al PJ dividirse en tres, con la condición de que nadie usara los símbolos partidarios. Rodríguez Saá volvió a perder, Menem se bajó del ballotage y nació el Frente para la Victoria nacional. Testigos de aquel entonces afirman que la resolución de Servini había sido cocinada en el salón principal de la sede del PJ, en el segundo piso de Matheu 130. El apoderado del partido, el duhaldista Jorge Landau, fue el factotum y todavía lo recuerda. Era un día de lluvia torrencial y Servini lo llamaba apurada para terminar la obra que esperaba el presidente Duhalde y cambiaría la historia para todos y todas.

OFICIALISTA A MUERTE. Servini es el eslabón más notorio de una familia en la que se mezclan el peronismo y los tribunales. Su abuelo Crisanto inauguró la Cámara de Apelaciones en San Nicolás y su padre, Juan Carlos, fue juez de un tribunal Civil y Comercial, además de titular de un estudio jurídico de esa ciudad del norte bonaerense. Sus hijos crecieron como ramificaciones suyas en el ámbito de la Justicia y su prima Clara Servini García fue diputada nacional del PJ y convencional constituyente en la Reforma Constitucional de 1994.

Otros dos peronistas de su pago chico conocieron su vida con detalle: Ginés González García, tentado, dicen, para ser interventor antes que Barrionuevo y José María Díaz Bancalari, fallecido en 2017. Servini vino a estudiar Derecho a la UBA y enseguida comenzó a hacer carrera. En 1974, fue nombrada Defensora Oficial de Pobres, Incapaces y Ausentes en la Justicia Penal de la Capital Federal. Dos años después, un mes antes del golpe de Estado de 1976, María Estela Martínez la nombró jueza en lo Criminal de Instrucción.

Sin embargo, lo que distingue a “La Chuchi” es su ADN oficialista. Lo demostró con Menem en forma temeraria y más adelante con mayor profesionalismo. Amparada por el entonces secretario de Justicia, César Arias, y por empresarios amigos como Jorge Antonio, sobrevivió a las advertencias de la Cámara Federal en el Yomagate por haberle anticipado al Gobierno todas las medidas que iba a tomar, ocultar información a los fiscales y emitir órdenes de allanamiento incompletas. Procesada por prevaricato, abuso de autoridad e incumplimiento de sus deberes, el tiempo y el poder estuvieron de su lado.

Pese a su compromiso peronista, en la segunda mitad de los años noventa, Servini ganó una aliada que se convertiría en vital para ella: Elisa Carrió, que la elogiaba por su actuación en la causa de lavado del BCCI que merodeaba las adyacencias del ex secretario general de la Presidencia Alberto Kohan y el magnate Gaith Pharaon.

Durante los días de Fernando De la Rúa en el poder, Servini de Cubría también buscó alinearse como forma de autopreservación y aporte a las instituciones democráticas hasta que el día de la represión en Plaza de Mayo se hizo presente para frenar a la policía que comandaban comisarios como Jorge “El Fino” Palacios. “Tuvo una actitud ambigua. No vas a recordar ningún fallo de ese tiempo en contra de la Alianza”. En el camino, fue consolidando una buena relación con Estela de Carlotto por su colaboración en las causas en las que se buscaba a hijos de desaparecidos, apropiados durante la última dictadura militar.

UNA INTELIGENCIA SUPERIOR. Después de los favores a Duhalde, Servini no tardó en amoldarse al nuevo esquema de poder que delineó el kirchnerismo. Selló una relación de confianza y colaboración con el jefe de Gabinete Alberto Fernández que incluyó, en marzo de 2004, la intervención del PJ porteño. A tono con la época, La Chuchi desplazó a Toma y designó a su íntimo amigo Ramón Ruiz, un agente de la SIDE que cumplía funciones en España y regresó para asumir funciones en el peronismo. Un año después, Alberto quedó como único candidato para presidir el partido que tuvo a su cargo durante unos cuantos años. Los memoriosos recuerdan que asumió en el juzgado federal de Servini.

Aunque León Arslanián llegó a decir de ella que “no puede ser ni oficial primera en Tribunales”, la jueza federal es dueña de una capacidad envidiable para adaptarse. Modelo en su juventud en San Nicolás, podría haberse casado con un militante revolucionario, miembro de una familia destacada de la guerrilla peronista. Pero prefirió hacerlo con el brigadier porteño Juan Tomás Cubría, un militar de inteligencia que la adiestró en la materia.

Durante los años del kirchnerismo, Servini no se ató únicamente a la relación con Alberto Fernández. Selló un vínculo de confianza con Francisco “Paco” Larcher, se convirtió en habitué de los cumpleaños de Carlos Kunkel, se llevó bien con Sergio Massa, mantuvo la relación con Landau ante cada acto eleccionario y recaló finalmente en los teléfonos de Aníbal Fernández.

“Ella nunca quiere quedar atada a una sola vía en el poder. Siempre tiene más de una terminal”, le dijo a Letra P un experimentado sobreviviente del peronismo.

Ramón “El Pelado” Ruiz tenía una historia larga. Había sido secretario administrativo del bloque de Diputados del PJ en la época de Diego Ibáñez. Después de cumplir funciones en el peronismo de la Ciudad, Servini lo catapultó a las ligas nacionales, primero como veedor y, después, como interventor del Partido Justicialista con sede en la calle Matheu. Ruiz le cedió su cargo en tiempo y forma a Néstor Kirchner en 2008, en plena batalla con el campo, cuando más lo necesitaba. Un congreso en Parque Norte alcanzó para normalizar y dar inicio a una nueva etapa.

Divertido y ocurrente, según quienes lo conocieron, Ruiz convivió con el peronismo sin problemas y tuvo un sólo detractor público por su rol de espía: Alberto Rodríguez Saá, enemigo persistente de Servini, con la que llegó a cruzarse por un congreso del PJ anti K que organizó en 2007 en Potrero de Los Funes.

 

“El Pelado” Ramón Ruiz, el agente de la SIDE que intervino el PJ por orden de la jueza.

Entre los colaboradores sigilosos de La Chuchi, hay otro que se conoce poco, pero se mantiene unido a ella. Eduardo Miragaya, un ex funcionario de la Procuración General de la Nación que llegó a la SIDE como director de Delitos Económicos gracias a Silvia Majdalani. Según cuentan los periodistas Mariano Thieberger y Pablo Abiad en su libro “Justicia era Kirchner”, a Miragaya se le atribuyó alguna vez un romance con Zulemita Menem. Llegó a la Procuración de la mano de Emir Yoma, Nicolás Becerra lo adoptó como asesor multiservicio y ahí lo conoció Servini. Al asumir, Esteban Righi quiso marginarlo a una fiscalía correccional vacante y finalmente recaló en el fuero de la Seguridad Social.

Alto y morocho, el mendocino Miragaya fue apartado en 2017, pero hoy aparece mencionado como responsable de operaciones de alto voltaje.

La ductilidad de Servini para relacionarse con el mundo de los servicios de inteligencia no es un secreto. Después de la muerte de Alberto Nisman, la jueza federal le dijo a La Nación que conocía muy bien a Antonio Jaime Stiuso y lo definió como “un gran investigador”. Una hija del ex jefe de Contrainteligencia trabajó en su juzgado por lo menos hasta que el fiscal apareció muerto. En 2017, el propio Stiuso radicó una denuncia que tomó Servini y apareció en persona por Comodoro Py, relatando que iba a verla a la jueza.

Eduardo Miragaya, colaborador para todo servicio de Servini.

CAMBIEMOS. Con la derrota del Frente para la Victoria, Servini de Cubría quedó enfrentada a Ricardo Lorenzetti como nunca antes. No era por un problema de convicciones, según afirman los que conocen el tema. La jueza había logrado que su hijo Juan Carlos Cubría asumiera nada menos que como secretario letrado de la Comisión de Administración Financiera del Consejo de la Magistratura. A cargo de las efectividades conducentes. Al líder supremo nunca le gustó. “La Corte está parada sobre un colchón de $ 11 mil millones y nosotros, sobre un déficit de 800 millones mensuales”, le dijo el hijo de Servini al diario Perfil en noviembre de 2016, tres meses antes de renunciar. La que salió a defenderlo a él y a su madre fue precisamente Carrió, la encarnizada enemiga de Lorenzetti, al que suele vincular con la mafia.

Apegado a la ley en determinados casos, entre voraz y rencoroso, el rafaelino quiso dar un paso más cuando pretendió jubilar a Servini por haber pasado ya hace tiempo la barrera de los 75 años. Según le dijo a Letra P un hombre de confianza de la magistrada, la jueza fue a pedirle auxilio a José Torello. Newman boy, hombre de máxima confianza del Presidente, el jefe de asesores de Macri le dio un mensaje ambiguo que, traducido a la política, significaba: “No te vamos a matar, pero tampoco vamos a jugarnos la vida por defenderte”. Poca garantía.

Lo demás es la historia de estos días, saturada de impacto y cruzada por conspiraciones dentro de un PJ que -con o sin Servini- no logra erigir un nuevo líder ni ponerse de acuerdo en qué hacer para ganar una elección presidencial, en la era de Cambiemos. Actriz política, oficialista imperecedera y protagonista, así como vivió las últimas tres décadas, busca terminar su carrera la única jueza de Comodoro Py.

Por Diego Genoud – Letra P

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