Mitos y verdades sobre el famoso Punto G

Es una de las regiones más erógenas del cuerpo femenino, exploramos sus orígenes y las mejores formas de estimularlo.

Hace más de 70 años, los expertos ginecólogos Ernst Gräfenberg y Robert Dickinson realizaron importantes y sorprendentes descubrimientos sobre los órganos sexuales femeninos, encontrando una zona que cambiaría la forma en que conocemos el placer. No fue hasta los 80 que se lo denominó por primera vez como “Punto G” de manos de la sexóloga Beverly Whipple, que sería la inicial del apellido de uno de los ginecólogos.

Esta zona se encuentra de 2 a 4 centímetros dentro de la vagina en la pared frontal de la pelvis (el lado del ombligo), se puede notar una pequeña parte rugosa en la piel, ese el Punto G.

Punto G como un botón

Muchos piensan que el “Punto G” es como un “botón” que se oprime y la mujer ya debe tener un orgasmo. Lo cierto es que no es ni un botón, ni una glándula o un órgano, es una ramificación del clítoris lo que produce una mayor sensación de placer.

El “Punto G” es la explicación por la que algunas mujeres tienen orgasmos vaginales. Según sexólogos, el 80 por ciento de las mujeres logran tener orgasmos con estimulación del clítoris y el 20 por ciento con estimulación vaginal.

Aunque, la mayor parte de las mujeres aseguran una sensación diferente al ser estimuladas en la zona del “Punto G”. Algunas perciben una mayor estimulación que otras, todo depende del cuerpo de cada una.

A pesar de las diferentes ideologías entre muchos sexólogos, ninguno se atreve a descartar la idea de que algo ocurre en la pared anterior de la vagina.

Se puede estimular la zona de diferentes maneras:

  • Haciendo la posición del perrito
  • Utilizando juguetes especiales para estimular el Punto G
  • Masturbandose: La mujer se pone boca arriba, flexionando por completo las rodillas o sin flexionar, se introduce dos dedos en la vagina y busca en la pared frontal de la pelvis. Para estimular con los dedos se pueden hacer círculos sobre la zona o dar pequeños golpecitos.

Por Giselle Pons

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