Una bomba a baño maría

El matrimonio político por conveniencia entre Macri y Carrió atraviesa turbulencias. Ella quiere la cabeza del ministro Garavano, él le entregó a un subsecretario. El Congreso marcará la temperatura que acumule esa olla a presión.

“El tema con Garavano es irremontable”, sentencian en la intimidad de la Coalición Cívica. Para el paladar de los lilitos, el atildado ministro de Justicia de Mauricio Macri ya es parte de la “corpo judicial” y esa mancha no se borra nunca más. “Él tendría que estar poniendo el cuerpo, dando la pelea y no siendo una persona del sistema”, le recriminan. Tal vez, en los últimos días, la pelea de poder entre Germán Garavano y la diputada Elisa Carrió haya bajado de tono en la escena pública, desplazada de la agenda por cuestiones más urgentes, desde la súbita empatía del presidente con respecto al debate de género hasta la puja paritaria a cara de perro. Pero la hemorragia sigue drenando puertas adentro de la alianza de gobierno y augura futuros daños.

Frágil equilibrio

El acuerdo es tácito y, sin embargo, se hace explícito de forma constante. La chaqueña se declara prescindente en cuanto a los ejes estructurales del modelo Cambiemos y sale a bancar a un Macri al que considera un hombre nuevo, distinto de aquel al que supo criticar con acidez. Poco se la escucha a Lilita opinar, por ejemplo, en materia económica o de seguridad, a pesar de ser este un gobierno que gestiona cabalgando sobre esos dos ejes y sin que le tiemble el pulso. Cuando se manifestó sobre el caso de Santiago Maldonado, su intervención –sin dudas, desafortunada– fue en línea con la Casa Rosada. Por el contrario, la líder de la CC se diferencia y juega fuerte, casi como una ministra sin cartera, cuando se trata de las cuestiones judiciales, rompiendo la vertical sociedad gubernamental que comanda el PRO. La mejor muestra es el hándicap de los rivales que elige para cruzar guantes.

Primero, fue el presidente de Boca Juniors, amigo de Macri y hábil operador en Comodoro Py, Daniel “Tano” Angelici. Carrió lo denunció por su actividad de pressing en los tribunales, lo calificó como “un delincuente” y lo acusó de recibir beneficios en su rol de binguero. Luego fue el turno del propio jefe de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, al que la diputada le atribuyó mal desempeño y opacidad patrimonial. La avanzada contra Lorenzetti, que había sido frontal, quedó interrumpida a fines del año pasado por las exigencias del calendario electoral, pero la Coalición renovó el pedido de juicio político, que sigue vivo en el parlamento. Es una bomba cuyo reloj bajó de velocidad pero nunca se detuvo. El caso de Garavano es el más reciente, detonado por su abrupta intervención en la causa del encubrimiento al atentado a la AMIA, donde decidió que la querella estatal no acusara a los ex fiscales Eamon Muller y José Barbaccia.

En medio de la trifulca institucional, el ministro de Justicia –que ahora también fue cuestionado por el juez Claudio Bonadio, factótum de las causas contra el kirchnerismo y de relación pendular con Carrió– incluso desafió a que la CC le inicie un juicio político. “La verdad que en este momento, con el quilombo que hay en el Congreso, salir a hacer algún ruido con el juicio político a Garavano, sería una tontería, algo innecesario”, reflexionan con mesura los lilitos, que igual siguen con la sangre en el ojo: “Pero el tipo boqueó. Vos no podés desafiar a una líder política. Es un ridículo que no se ubica”. En paralelo, insisten en que la relación de su jefa con Macri “es excelente”.

Los cruces internos también alcanzaron a la jefa de la Oficina Anticorrupción, Laura Alonso, a quien la CC a menudo cuestiona en su capacidad técnica para ejercer el rol, en especial cuando le toca decidir sobre las constantes sospechas de intereses cruzados en el funcionariado macrista. Por lo pronto, a fines de 2016, tres hombres de confianza de Juan José Aranguren dieron un paso al costado en Energía luego de que Carrió los señalara por negocios incompatibles. Algo similar ocurrió con el último gran escándalo de Cambiemos, a raíz de los U$S 1,2 millones no declarados por Valentín Díaz Gilligan. La presión del carriotismo fue una bola de nieve que sumó adeptos en la bancada radical y derivó en la renuncia del subsecretario general de la Presidencia.

Los peligros del gag

La denuncia y sus derivados están en el ADN político de Carrió, que conoce al detalle la naturaleza de su “marca”, esa que permanece inalterable desde los tiempos de menos glamour, un estilo más parco y aquel enorme crucifijo en el pecho. Incluso en los peores momentos de Lilita, su perfil de fiscal sui generis le permitió mantenerse a flote, sobrevivir a fracasos electorales que habrían significado la despedida para muchos otros. Justamente, por este talento y su coincidencia antikirchnerista es que el PRO aceptó el riesgo de sumarla a su proyecto. No sólo haber logrado contenerla, sino además sacarle jugo a su presencia, es uno de los méritos políticos de Macri. Cada vez que al presidente o a su gabinete le endilgan su intimidad con la patria contratista, miran hacia el lado de Carrió, buscando aprobación. Si guiña el ojo, siguen adelante. Si se queja, toman nota, por lo general conceden y en el oficialismo dicen “el sistema funciona”. La secuencia viene aceitándose ya desde la campaña 2015.

Para la oposición, en cambio, se trata de un gag que el mandatario y su socia juegan con precisión y beneficio mutuo. Perón diría que “cuando se negocia hay que ceder el 50 por ciento. Pero quedarse con el 50 por ciento más importante”. Es lo que sienten unos y otros.

Al correr los meses, con Balcarce 50 profundizando en su modelo de país, el compás de tensiones y equilibrios fue subiendo de intensidad. Como si, en medio del gag, empezaran a sonar algunos sopapos de verdad, todos ellos con la cuestión judicial como razón de ser. En la Coalición, cada vez que rompen la paz interna, suelen decir que lo hacen porque “hay que cuidar al presidente”, en una suerte de “teoría del cerco” adaptada al partido amarillo y sus intrigas. Más allá de esto, todos los apuntados son hombres que responden a Macri, que actúan con su consentimiento. Y en el carriotismo ya abundan los reproches por “la soberbia” y “el autoritarismo” del estilo de conducción PRO.

Lo inevitable

A diferencia de la UCR, la CC no tiene una estrategia de construcción clásica, en gran medida porque el personalismo de Carrió fue minando la posibilidad de una estructura partidaria que exceda su influencia y genere nuevos cuadros candidateables. Los radicales piensan en cargos en el Ejecutivo y aspiran –o sueñan–, una vez agotadas las oportunidades de reelección de Macri, a competir por la conducción del oficialismo. Los lilitos, que siempre se autodefinieron como una fuerza eminentemente parlamentaria, no tienen esos objetivos en el horizonte. O al menos no los hacen explícitos. Sin estructura ni abundancia de referencias propias, sus posibilidades de seguir creciendo están atadas a la imagen que construyeron de cara a la sociedad, para lo cual deben mantener tonificado el músculo denuncista y la leyenda –o la ficción, dirán los opositores– de una Lilita “indomable”. La dosificación con que interpreten ese personaje político y la reacción que obtengan por parte del PRO, serán claves para el futuro del espacio. En un año donde se espera que el Congreso sea escenario de mayor debate, se van a multiplicar los tableros de disputa y eventual disidencia. El mega DNU de Macri es un buen ejemplo. Varios puntos hacen ruido en la CC. Y el proyecto de reforma del Código Penal es otro tema complejo, justamente, en manos de Garavano.

En este punto, la buena relación entre Lilita y el diputado Mario Negri, jefe de la bancada radical y del interbloque Cambiemos, es un dato a tener muy en cuenta. Más aún después del blooper televisivo de Nicolás Massot, titular del PRO en la cámara baja, quien al aire, sin darse cuenta, auguró una alternancia por lado del PJ y le restó entidad a las aspiraciones de poder de la UCR.

Renegociar

El 2018 será una prueba de desapego para una Carrió que elevó aún más su autoestima luego de la contundente performance en las urnas porteñas. “Lilita va a seguir la línea de siempre, pero va a elegir las batallas. Ella no va a resignar su capital político ni su historia”, aseguran en su entorno. Al menos hasta el abrazo con el PRO, la chaqueña había forjado esa historia a fuerza de ir demoliendo los espacios que supo ayudar a constituir, al considerarlos obsoletos o cooptados por “pactos” y “mafias”. En el caso de la alianza Cambiemos, la coexistencia récord viene precedida por un elemento ordenador: la amenaza latente del retorno kirchnerista. Pero superado “el espanto” borgeano –al menos en lo inmediato– el dúo Macri-Carrió deberá renegociar los términos del contrato de convivencia.

Por  – Revista Zoom

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