Más allá del Trump que vemos en Twitter Por Fernando León

“America’s Teflon Don” (el Don de teflón americano), es uno de los tantos apodos que se ha ganado el presidente Trump en su primer año de residencia en la Casa Blanca. Y es que las acusaciones de corrupción, de machismo y de racismo no han hecho mella en un mandatario dispuesto a devolver todos los golpes y a salir de entre las cuerdas en sus innumerables batallas por Twitter.

Alguna vez lo definimos como un peleador callejero por esta misma razón: consideramos que las opiniones de Trump siempre tienen más relación con el talante personal de la figura pública –desde sus aventuras en la noche neoyorkina de los 80 y los 90- que con su verdadera performance como presidente. En rigor, Trump nos ha coaccionado a tomar una posición –a favor o en contra- como ningún otro mandatario estadounidense. Intentamos, desde un principio, no tomar posición deliberada ni en uno ni en otro sentido, y seguimos la regla de oro de los pasajeros de avión experimentados: si hay turbulencia, no prestes atención a la reacción de los otros pasajeros, sino a la de las azafatas. En efecto, las cosas sólo están realmente mal si los expertos dan señal de estar sobrepasados. En ese sentido lo que opina la calle sólo puede acrecentar la confusión, y debería tenernos sin cuidado -al menos hasta la próxima campaña presidencial-. Por eso hemos intentado minimizar tanto las opiniones DE Trump como las opiniones SOBRE Trump, para prestar atención a las verdaderas señales que dan cuenta de su gestión, señales que hasta el momento son sólo económicas.

El pasado 25 de octubre señalamos, como un momento de zozobra para la administración republicana que un miembro del propio GOP, Jeff Flake, haya calificado el comportamiento de Trump como “reckless, outrageous, undignified” (imprudente, escandaloso, indigno). Y es que, a semejanza del ejemplo de las azafatas, podemos ignorar serenamente los encendidos mensajes con los que Trump alardea de sus ojivas nucleares o las destempladas maquinaciones destituyentes de una prensa internacional que ya tenía argumentos para un impeachment mucho antes de que el controvertido magnate asumiera la presidencia.

Pero debemos tomar muy en serio lo que ocurre dentro del núcleo de apoyo a Trump porque sólo allí están las señales que interesan dentro de la estructura de poder de la democracia más sofisticada del planeta. Y allí las cifras acompañan al señor de teflón con con números excepcionales, al menos en el área laboral, vale decir, los números que le interesan a sus principales devotos, los trabajadores estadounidenses. Para disipar las sospechas al respecto, conviene prestar atención a las cifras que nos ofrece The Washington Post -son en realidad del Boureau of Labor Statistics gubernamental-, cuya afinidad con Trump ha sido casi puntualmente inexistente. Los datos nos hablan de un buen desempeño de la economía, con crecimiento del empleo y una baja del desempleo en el primer año. Los datos son auspiciosos, pero el Post subraya que la sustentabilidad de esas cifras deberá mantenerse en los próximos años.

No debemos olvidar que si la ganadora de las elecciones hubiese sido Clinton, hoy tal vez estaríamos hablando del inexistente procesamiento de la presidente, que efectivamente utilizó emails privados para adjuntar información clasificada, pero quien probablemente lograría mantener unido a su partido. Hay escándalos de sobra, pero una cosa es el “relato” de fuego y de furia que acompaña a la puja bipartidista -y a su correlato en la “grieta” estadounidense”- y otra cosa bien diferente son los datos duros, que son afines a los hechos. En otras palabras: a Nixon no lo derribaron las andanadas verbales de sus opositores sino las pruebas fehacientes del caso Watergate.

El poder, como sabemos, es un asunto complejo en el que las apelaciones morales y aún las del sentido común a veces quedan un poco relegadas. Es cierto que la pelea de Trump con Bannon (que según los diarios de hoy está “arrepentido de arrepentirse”, y ya le pidió perdón a Trump) puede esmerilar la base de sustento que Trump tiene en cierta derecha dura que constituye su electorado, pero insistimos: sólo una interna del partido republicano puede poner en aprietos el poder detentado por Trump, y activar el impeachment, y esto último probablemente no ocurra, a menos que los pecados de Trump sean algo más que infringir las normas de conducta de las redes sociales.

Todo puede ocurrir y nada puede ser descartado, porque ese ha sido el juego propuesto por Donald Trump desde un principio. Pero no olvidemos que Trump es un hueso duro de roer, que ha salido ileso de más de una de sus innumerables polémicas, y sólo el Grand Old Party, por razones debidamente fundadas, o el mismo pueblo estadounidense, dentro de 3 años, terminarán con la carrera política del actual presidente. Algún emperador se jactó de haber estado por encima de la gramática y Trump podrá seguir dando rienda suelta a sus Tweets. Sólo los hechos cuentan, y los Estados Unidos, por el momento, van por la senda del crecimiento y el pleno empleo.

¿Quiere eso decir que “la Casa Blanca está en orden”? Responder a esa pregunta es un poquito más complidado…

Stay tuned!

*Abogado -UBA-. Analista internacional, especialista en Asuntos públicos.

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