Edad jubilatoria: entre la esperanza de vida y la desesperanza previsional Por Marcelo Ramal

En un reportaje publicado por El Cronista el pasado 27 de noviembre, el econometrista de Oxford David Hendry propone una curiosa receta para abordar la cuestión previsional argentina. Plantea indexar la edad jubilatoria “a la edad a la que la gente fallece”. Por caso, y si la esperanza de vida es de 70 a 75 años, el académico pide que la jubilación sea a los 80.

Estamos, por cierto, ante una interpretación peculiar del concepto de reparto, donde los haberes de una parte de quienes se jubilan serían financiados con la desaparición física de otra parte de los supuestos beneficiarios. Digamos, de paso, que una variante de esta política siniestra ya fue y es practicada por el Estado argentino, por ejemplo, cuando en la década pasada demoraba los fallos judiciales por reajustes de haberes y luego el ANSeS desconocía los propios fallos ó, como ocurre ahora, cuando practica la misma mora con los beneficiarios de la cuestionada “reparación histórica”. En ambos casos, tenemos una apuesta a la muerte, mientras el Fondo de Garantía destina sus recursos a otros propósitos.

Más allá de este exabrupto, Hendry funda su propuesta en un concepto que comparten los economistas locales de toda laya, sin que en este caso importe la “grieta”. Nos referimos a la caracterización de que una mayor esperanza de vida obliga al consiguiente aumento de la edad jubilatoria, so pena de que el sistema previsional con una relación entre pasivos y activos cada vez más elevada termine quebrado.

En esta interpretación, los números del sistema previsional dependerían solamente de una variable fisiológica. Pero ninguna categoría económica puede interpretarse fuera de las relaciones sociales que la condicionan. Es lo que ocurre, precisamente, con la llamada “esperanza de vida”, cuyo aumento es una consecuencia indirecta de la mayor capacidad del hombre para la transformación del medio que lo circunda. Una expresión de ello es la llamada “productividad laboral”, aun cuando la misma sólo refleja el rendimiento del trabajo humano bajo las condiciones del régimen social imperante y sus enormes dilapidaciones como la guerra, la depredación ambiental o el desempleo. Pero incluso con esas limitaciones, diferentes estudios dan cuenta de una triplicación de la productividad laboral en la Argentina desde la segunda postguerra hasta hoy.

Esto significa que el capital logra extraer de la fuerza laboral una masa de riqueza social creciente. ¿Cómo se reparte ese mayor valor entre el capital y el trabajo? El grado de “succión” de la fuerza laboral por parte del capital suele medirse entre el tiempo de la jornada laboral en el cual se producen los medios de vida del trabajador (salario), por un lado, y aquella parte de la jornada que es apropiada por el dueño de los medios de producción (plusvalor o “mayor valor”), del otro.

Pero la edad jubilatoria también es un indicador del grado de explotación social. Si la edad jubilatoria se mantiene o -como se plantea ahora en la Argentina- aumenta, ello significa que el capital se apropia integralmente del mayor rendimiento del trabajo que producen la ciencia y la técnica aplicadas al proceso de producción.

Ese “mayor valor” podría ser parcialmente reasignado si, por ejemplo, se restituyeran los aportes patronales recortados en los años de Menem y Cavallo, o se resarcieran a las cajas previsionales por la evasión de décadas a la que ha conducido el trabajo en negro. Por el contrario, la actual reforma previsional acentuará el vaciamiento de la ANSeS, al volver a bajar los aportes y al decretar un indulto definitivo a los evasores empresarios. Para compensar esta merma de ingresos, se ha dispuesto la extensión supuestamente “voluntaria” de la edad jubilatoria a los 70 años, la modificación negativa de la movilidad de los haberes y una escalada contra los llamados regímenes previsionales especiales, que sólo tienen de “especial” -como ocurre con la docencia- la pretensión de acercar la jubilación al último salario percibido.

La regresión en los derechos previsionales da cuenta de un régimen social que se sirve del aumento en el rendimiento del trabajo como un ariete contra los artífices de esa mayor productividad, o sea, la clase trabajadora. Su superación, a manos de una organización social dirigida por sus mismos productores, no sólo permitiría reconciliar al hombre con el proceso de trabajo durante su vida laboral. También le brindaría la posibilidad de reencontrarse con el ocio productivo en la etapa final de su vida. Las determinaciones sociales van bien más lejos que las especulaciones de los econometristas lejanos (y sus émulos locales).

* Dirigente del Partido Obrero

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